Tomar restos de madera de la tala y de los aserraderos, cavar zanjas profundas y enterrarlos. Suena simple, casi rudimentario. Sin embargo, un nuevo estudio sugiere que esta práctica podría retirar del sistema climático entre 770 y 937 gigatoneladas de CO₂ de aquí a 2100 y reducir la temperatura media global hasta 0,42 °C.
El trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Cornell (Cornell University), plantea una idea poderosa en su sencillez. No se trata de instalar enormes máquinas de captura directa de aire ni de construir nuevos oleoductos para almacenar CO₂ bajo tierra. Se trata de gestionar mejor unos residuos que ya existen en bosques gestionados, aserraderos y hasta en muebles desechados.
Cómo funciona esta “captura pasiva” de carbono
Cada vez que un árbol crece, absorbe CO₂ de la atmósfera y lo guarda en su madera. Cuando ese árbol se tala y sus restos se queman o se dejan pudrir al aire libre, ese carbono vuelve al ambiente en forma de CO₂. De nuevo en el ciclo, como si nada hubiera pasado.
La propuesta del estudio es interrumpir ese retorno natural. Enterrar los residuos leñosos a unos 2 metros de profundidad en el suelo hace que la madera quede en un entorno frío, poco oxigenado y estable. El suelo actúa como aislante, limita el oxígeno y ralentiza de forma drástica la descomposición.
La clave está en que no se trata de absorber más CO₂ del aire de forma activa, sino de evitar que el carbono que ya está fijado en la madera se libere. Es lo que los autores describen como una forma de captura pasiva. En palabras del primer autor, Yiqi Luo, se trata de “una de las formas más eficaces y baratas, y posiblemente de las más sostenibles, para capturar carbono”.
Según sus cálculos, la madera enterrada podría permanecer intacta durante cientos o incluso miles de años, lo que convierte al suelo en una especie de “caja fuerte” de carbono a largo plazo.
Cuánto CO₂ podríamos evitar y qué significa eso
El estudio calcula que, si cada año se enterrara la producción de residuos de madera de los bosques gestionados del planeta, entre 2025 y 2100 se retirarían entre 769 y 937 gigatoneladas de CO₂ en total. Esto equivale a una media de 10,1 a 12,4 gigatoneladas al año.
Para tener una referencia, las emisiones globales de CO₂ en 2022 rondaron los 36,8 gigatoneladas. Es decir, en los escenarios más ambiciosos, enterar estos residuos podría compensar en torno a una tercera parte de las emisiones anuales actuales. No es poca cosa.
Los modelos climáticos manejados por el equipo vinculan ese esfuerzo con una bajada de la temperatura media global de unos 0,35 a 0,42 °C a finales de siglo. En un mundo que se pelea por cada décima para no sobrepasar los 1,5 °C de calentamiento, esta cifra marca la diferencia entre olas de calor algo más llevaderas o veranos todavía más extremos.
En un escenario concreto, si Estados Unidos enterrase alrededor de dos tercios de los residuos leñosos de sus bosques gestionados, podría acercarse a la neutralidad climática hacia 2050 según los autores.
Costes, maquinaria y dudas razonables
Aquí llega la pregunta incómoda. ¿Enterrar millones de toneladas de residuos de madera no generará también muchas emisiones por el uso de excavadoras, camiones y combustible?
El estudio reconoce ese coste y lo incluye en las cuentas. La estimación es que las emisiones asociadas al proceso representarían entre un 2 y un 5 por ciento del CO₂ que se evita, de manera que el balance sigue siendo claramente positivo.
Además, los investigadores insisten en varios factores prácticos. Muchos residuos se generan ya en zonas donde la maquinaria está presente, como caminos forestales, aserraderos o áreas de manejo forestal. En esos casos el transporte adicional sería limitado. Y una parte del trabajo podría alimentarse con electricidad renovable en lugar de combustibles fósiles.
A cambio, retirar del monte parte de ese material leñoso reduce el combustible disponible para grandes incendios forestales, un problema cada vez más grave en regiones secas.
La idea no se limita a grandes plantaciones. También podría aplicarse a la poda urbana, a plantaciones frutales o a sistemas agroforestales. De hecho, el equipo ya explora si algunos huertos del estado de Nueva York podrían alcanzar la neutralidad de carbono gracias a esta práctica.
No es una licencia para talar más
Un punto importante que subrayan los autores es que esta estrategia se apoya en residuos que ya existen. No propone talar más bosque, ni sustituye la protección de bosques primarios o de alto valor ecológico.
Se centra en bosques gestionados, donde la madera se extrae de forma planificada. Allí los restos de ramas, troncos de menor valor o maderas defectuosas suelen quemarse o abandonarse. La propuesta consiste en dar un destino diferente a ese material.
Por eso los propios investigadores advierten de que enterrar madera no es una excusa para seguir quemando combustibles fósiles como si nada. Es una pieza más en el puzle de la acción climática, que debe ir de la mano de la reducción drástica de emisiones, la eficiencia energética, las renovables y la restauración de ecosistemas.
También piden prudencia. Harán falta proyectos piloto a gran escala para vigilar efectos sobre el suelo, posibles emisiones de metano en condiciones anaerobias, cambios en nutrientes y en biodiversidad del subsuelo antes de aplicar la idea de manera masiva.
En el fondo, el mensaje es sencillo. Una parte de la solución al exceso de CO₂ puede estar literalmente bajo nuestros pies, en forma de restos de madera que hoy consideramos basura. Transformarlos en un almacén estable de carbono puede ayudar en buena medida a enfriar un planeta que ya acusa el calor.
El estudio científico completo Large CO₂ removal potential of woody debris preserva.




















