El regreso al bosque de los caracoles arbóreos de O‘ahu (conocidos localmente como kāhuli) ya no es una hipótesis de laboratorio. El Departamento de Tierras y Recursos Naturales de Hawái (DLNR) ha iniciado la reintroducción de Achatinella fuscobasis en la Reserva Forestal de la Cuenca Hidrográfica de Honolulu, en las montañas Ko‘olau, tras más de tres décadas sin poblaciones silvestres confirmadas.
La operación se ejecutó el 10 de diciembre de 2024 dentro de un recinto cerrado (exclosure) diseñado para algo tan prosaico como decisivo (impedir que entren depredadores). Según el USFWS, el retorno “corona” casi medio siglo de investigación y cooperación institucional, con un mensaje poco romántico, pero realista (salvar una especie puede exigir generaciones).
Detrás del titular hay una cronología estrecha y frágil. En 1991, el biólogo Michael Hadfield recogió los últimos 11 ejemplares conocidos de A. fuscobasis y los trasladó a un programa de cría que entonces rozaba la apuesta a todo o nada. El DLNR explica que la especie había “probablemente” desaparecido del paisaje hawaiano desde ese mismo año. Hoy, tras décadas de reproducción controlada, la colonia en cautividad supera el millar de individuos, alojados en las instalaciones del programa SEPP en Pearl City.
Un símbolo cultural con función ecológica medible
Los kāhuli aparecen en cantos, hula y tradiciones locales, pero su importancia no se limita a lo simbólico. El USFWS recuerda que se alimentan de hongos y algas sobre superficies vegetales y contribuyen al ciclo de nutrientes del bosque. David Sischo, coordinador del SEPP, lo resumió sin solemnidad impostada cuando defendió que “nuestros caracoles son auténticas joyas de la confianza pública, de la naturaleza y la cultura”, además de “impulsores de la función del ecosistema”.
Ese valor se entiende mejor al mirar la escala de la pérdida. En Hawái llegó a haber más de 750 especies de caracoles nativos y, en el último siglo, al menos el 60% se ha extinguido. El USFWS cifra en 44 las especies de caracoles hawaianos incluidas en la Ley de Especies en Peligro (y advierte de muchas más sin protección formal).
La clave no es soltar caracoles, es sostener una frontera
El elemento más revelador del proyecto no es la suelta, sino el perímetro. El nuevo hogar de A. fuscobasis es un recinto vallado de aproximadamente un cuarto de acre. Sus paredes de polietileno, con elementos disuasorios y malla, están pensadas para excluir ratas, camaleones de Jackson y el caracol lobo rosado, señalado como uno de los principales verdugos de la fauna de caracoles nativos. La preparación del hábitat llevó cerca de cinco años e incluyó unas 600 horas de búsqueda y retirada de depredadores dentro del recinto, además de la eliminación de plantas invasoras y la restauración con especies nativas.
Ese esfuerzo explica por qué la conservación avanza a una velocidad que desespera al público y, a la vez, es la única compatible con la biología del problema. El USFWS detalla que el gran caracol africano llegó en el siglo XX como “adorno de jardín” y que, en un giro clásico de la gestión de invasoras, su presencia alimentó decisiones posteriores que acabaron agravando el daño (la introducción del caracol lobo rosado como control biológico, luego convertido en depredador eficaz de especies nativas).
Una victoria útil si no se interpreta como final de trayecto
El DLNR ya da por sentado que no será un evento único. Está prevista una nueva liberación en febrero (con más ejemplares) y, en paralelo, instituciones como el Bishop Museum y el zoológico de Honolulu se preparan para criar ejemplares en laboratorios propios, también con un objetivo de divulgación pública.
La reintroducción, por tanto, debe leerse como prueba de concepto. Demuestra que la cría en cautividad puede sostener una especie al borde de la desaparición y que un paisaje saturado de invasoras aún admite “islas” seguras si se invierte en infraestructura y mantenimiento. Pero también expone el límite (fuera del recinto, el riesgo sigue intacto). Ese es el núcleo del debate que se abre ahora en O‘ahu y que trasciende a Hawái (qué conservación se quiere financiar, durante cuánto tiempo y con qué instrumentos para que lo excepcional deje de serlo).


















