Durante años hemos hablado del océano profundo como si fuese un lugar vacío. Pero cuando una expedición desciende casi 10 kilómetros y enciende las luces, aparecen criaturas, comportamientos y paisajes que obligan a replantearlo todo.
Un nuevo estudio reúne observaciones en tres fosas del Pacífico noroeste, cerca de Japón, y deja varias claves claras. Hay un organismo que hoy no se puede encajar con seguridad en ningún gran grupo animal, un récord de profundidad para un pez y hasta señales de basura humana en el fondo.
Un viaje a la zona hadal
El trabajo se centra en la zona abisal y, sobre todo, en la zona hadal, que es la parte del océano que empieza por debajo de los 6.000 metros. Allí no hay luz, la comida escasea y las condiciones son extremas, así que cada encuentro importa.
La expedición duró dos meses en 2022 y combinó el buque DSSV Pressure Drop con el sumergible tripulado Limiting Factor. Fue una colaboración entre el Minderoo-UWA Deep-Sea Research Centre (University of Western Australia) y la Tokyo University of Marine Science and Technology, con financiación de Caladan Oceanic e Inkfish. También usaron «landers» cebados que caen al fondo y graban durante horas, una forma de mirar sin tocar.
Las zonas estudiadas incluyen la Fosa de Japón, la de Ryukyu y la de Izu-Ogasawara, en un margen tectónicamente activo donde los terremotos y los deslizamientos pueden mover sedimentos hacia las partes más profundas. Es un recordatorio de que, incluso allí abajo, el entorno cambia.
El animal imposible de clasificar
El hallazgo que más preguntas abre es un organismo filmado dos veces hasta una profundidad de 9.137 metros. El equipo lo ha etiquetado como Animalia incerta sedis, porque no puede asignarse con confianza a ningún filo conocido.
Según explican, consultaron con taxónomos de distintos grupos y aun así no hubo una respuesta clara. En las imágenes parece deslizarse lentamente y recuerda en parte a una babosa marina o a un pepino de mar, pero su morfología no termina de cuadrar con nada habitual.
Aquí conviene poner el foco en lo que sí sabemos. Ver algo raro en vídeo no equivale automáticamente a «nueva especie» descrita, porque para eso suelen hacer falta muestras y análisis detallados. Lo que deja claro es que el océano profundo todavía guarda sorpresas, incluso para equipos muy especializados.
El pez más profundo
La expedición también refuerza el récord del pez observado más profundo en su hábitat natural. Las cámaras en «landers» cebados grabaron a un snailfish del género Pseudoliparis alimentándose a 8.336 metros, una cifra que roza los límites conocidos para los peces.
En esas mismas grabaciones aparecen otros visitantes del cebo, como el anfípodo «supergigante» Alicella gigantea, un carroñero que se repitió en las tres fosas estudiadas. Cuando llega comida, aunque sea puntual, la vida responde.
Praderas y esponjas carnívoras
Las inmersiones tripuladas permitieron observar paisajes que suenan a ciencia ficción, pero son reales. En la base de la zona conocida como Boso Triple Junction, el equipo atravesó una «pradera» de crinoideos con más de 1.500 individuos sujetos al relieve rocoso.
También registraron esponjas carnívoras de la familia Cladorhizidae entre 9.568 y 9.744 metros en la Fosa de Izu-Ogasawara. El comunicado del estudio lo describe como la observación in situ más profunda de estas esponjas hasta la fecha.
¿Esponjas que cazan? Suena raro porque solemos imaginarlas como filtros pasivos, pero algunas han evolucionado para atrapar pequeños animales con estructuras finas. En un lugar donde la comida va a cuenta gotas, cualquier estrategia cuenta.
Mirar sin tocar
Durante décadas, gran parte del conocimiento del océano profundo llegó por redes y muestreos físicos. El problema es que pueden dañar organismos frágiles y rara vez muestran el comportamiento, porque cuando el animal llega arriba ya no está en su entorno.
En este caso, el equipo combinó transectos con el sumergible y «landers» de caída libre. Lo resumieron así, «This combination enabled us to build the most comprehensive visual baseline yet for abyssal and hadal megafauna in the Northwest Pacific to date».
El resultado reúne unas 460 horas de vídeo del fondo marino y un listado ilustrado de al menos 108 morfotaxones, es decir, grupos diferenciables por su aspecto en las grabaciones. Esa base sirve para futuras expediciones y para que las comparaciones, dentro de unos años, no se hagan a ciegas.
La huella humana
Hay una parte incómoda en las imágenes. Los investigadores señalan que también vieron restos de origen humano, probablemente transportados hacia abajo por procesos de ladera.
De hecho, lo dijeron sin rodeos, «While it’s easy to think of deep-sea trenches as untouched wilderness, our findings also showed evidence of human-derived debris». No es poca cosa, si la basura llega al fondo, retirarla es prácticamente imposible.
Por qué importa
En el fondo, la gran aportación de este estudio es que pone orden donde antes había intuiciones. Saber qué aparece, a qué profundidad y en qué tipo de hábitat sirve como línea de base para evaluar cambios con el tiempo y planificar nuevas campañas con menos impacto.
También es un aviso para la política ambiental. Si una expedición moderna todavía filma animales que no sabemos clasificar, conviene aplicar prudencia antes de tomar decisiones sobre el mar profundo, porque el reloj de las presiones humanas no se detiene.
El estudio ha sido publicado en Biodiversity Data Journal.










