En 2025, la organización neerlandesa The Ocean Cleanup retiró más de 25 millones de kilogramos de residuos de entornos acuáticos y elevó su captura acumulada a más de 45 millones de kilogramos desde el inicio de sus operaciones, según el balance anual publicado por la entidad.
La cifra apunta a un cambio de escala en un ámbito donde las métricas suelen ser modestas y dispersas, pero también ayuda a dimensionar el verdadero tamaño del problema. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que cada año entran en el océano 11 millones de toneladas de plástico, un volumen que desborda cualquier estrategia basada solo en retirar lo ya vertido. Dicho de otro modo, la limpieza avanza, pero el grifo sigue abierto.
La ambición oficial de The Ocean Cleanup es eliminar el 90% del plástico flotante del océano para 2040, combinando extracción en mar abierto con interceptación en ríos y actuaciones en zonas costeras. En su revisión de 2025, la organización enmarca el récord de retirada como resultado de “investigación”, “decisiones basadas en datos” y optimización operativa de su tecnología tanto en océanos como en ríos.
La estrategia que prioriza el origen del vertido
El núcleo de la estrategia parte de una premisa técnica y política. Si el plástico llega al mar principalmente desde tierra, la palanca más eficaz está aguas arriba. En un trabajo divulgado por la propia organización, The Ocean Cleanup sostiene que 1.000 ríos concentran casi el 80% de las emisiones globales de plástico transportado por ríos hacia el océano, una proporción que equivaldría a alrededor del 1% de los cursos fluviales del planeta. Esta lectura, respaldada por su publicación en Science Advances, desplaza el foco desde unos pocos grandes ríos a una red de ríos pequeños y medianos, muchos de ellos urbanos.
Ese enfoque explica el despliegue de interceptores fluviales, dispositivos diseñados para capturar residuos antes de que alcancen la desembocadura. El balance anual de 2025, no obstante, no detalla qué parte de los más de 25 millones de kilos retirados corresponde a operaciones en alta mar, a interceptación en ríos o a actuaciones costeras, un dato relevante para evaluar la eficiencia comparada de cada línea de actuación.
Un récord que no resuelve el dilema de fondo
El éxito operativo de 2025 llega en un contexto en el que la comunidad internacional intenta ordenar el tablero regulatorio. El PNUMA sitúa el debate en términos de gobernanza global y recuerda que solo una fracción del plástico se recicla, mientras la mayor parte se acumula en vertederos o se filtra al medio natural, con efectos persistentes y fragmentación en microplásticos.
Para el lector, el dato decisivo es el contraste entre escalas. 45 millones de kilos equivalen a 45.000 toneladas, una cantidad que impresiona en términos operativos y logísticos, pero que palidece frente a los millones de toneladas que, según estimaciones de Naciones Unidas, siguen entrando al océano cada año. La conclusión no invalida el esfuerzo, pero sí lo reubica. La retirada es una pieza (útil) del puzzle, mientras la reducción del flujo exige políticas de prevención, rediseño de envases, mejoras en recogida y tratamiento, y control del vertido difuso.
Qué significa este hito para 2026 y para la década
El récord de 2025 refuerza una idea práctica. La limpieza a escala industrial requiere continuidad, financiación, permisos locales y una cadena posterior de gestión del residuo, incluido su tratamiento y reciclaje cuando sea viable. También obliga a medir con precisión qué se retira, de dónde, con qué coste y con qué impacto ambiental asociado.
La discusión de la próxima década, por tanto, se jugará en dos carriles paralelos. El primero es tecnológico y operativo, con despliegues cada vez más eficientes. El segundo es normativo y económico, orientado a evitar que el plástico llegue al agua. La experiencia acumulada por iniciativas como The Ocean Cleanup aporta datos, visibilidad y aprendizaje, pero no sustituye el cambio de sistema que exigen los números de Naciones Unidas.





















