La vida en la prisión ecológica de Bastoy

Por ANNE-FRANÇOISE HIVERT (TERRA ECO*)

 

 

El primer centro penitenciario ecológico del mundo no tiene alambradas, muros infranqueables ni celdas. En la isla de Bastøy, los presos aprenden a vivir en armonía con los demás y con la Tierra. Es en los campos, el aserradero o pescando como se preparan para su puesta en libertad

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Esta es «la isla de la esperanza»

 

El lugar es idílico. La isla, declarada reserva natural, está situada en el fiordo de Oslo, a alrededor de 70 km al sur de la capital noruega. Más de 2,5 km2 de campos, playas y bosques, salpicados de casas de madera de colores. El ojo avizor busca una alambrada, una torreta de vigilancia. Pero a la entrada de este pequeño rincón de paraíso, sólo un cartel colgado en el piñón de una gran nave roja informa al visitante de que acaba de entrar en la isla de Bastøy, un ‘arenal para el refuerzo de la responsabilidad’. Bienvenido a la primera prisión ecológica del mundo, una institución fuera de lo común, donde 115 detenidos en la recta final de su condena se preparan para su libertad.

 

Desde el pequeño puerto de Horten, al oeste de la isla, la travesía en ferry dura unos 15 minutos. Dos prisioneros, acompañados por un guardia, llevan el timón. Ese día, una veintena de niños de un jardín de infancia de Horten están de excursión. Se dirigen a Bastøy para presenciar la primera salida de los corderos a los campos. «Organizar una excursión escolar a una cárcel es bastante inusitado», comenta la jefa de personal de la prisión con regocijo. Pero «los guardas jamás hubieran autorizado la visita si existiera el menor peligro», asegura.

 

 

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