El valor del conocimiento

Durante el siglo XVIII, la revolución intelectual de la Ilustración hizo suyo el grito de Horacio: sapere aude, «atrévete a saber». La Ilustración recaló en la conciencia individual para hacer del pensamiento racional, basado en el método científico, el motor del progreso de la humanidad.

El Siglo de las Luces auspició también la Revolución Industrial, uno de cuyos pilares fundamentales fue el desarrollo tecnológico que dio lugar a la máquina de vapor, a los sistemas de producción en cadena y a la mecanización de la industria. Francia e Inglaterra lideraron una iniciativa de fomento del conocimiento y, lo que es más importante, de transformación de ese conocimiento en tecnología útil, que los llevó a desarrollar un tejido productivo innovador y sostenible que se mantiene hasta nuestros días. A ellos se sumaron otros países, principalmente los Estados Unidos de América, no solo agraciados por la suerte de los recursos naturales, sino especialmente por la consolidación de una conciencia de liderazgo basada en el conocimiento. El estallido científico mundial que tuvo su germen en Europa en la primera mitad del siglo XX incorporó nuevas potencias económicas, especialmente Alemania y Japón, que supieron resolver la conexión entre el conocimiento, el progreso, la riqueza y el bienestar social. Por motivos variados, este modelo no fue adoptado plenamente por el resto de los países desarrollados, que vivieron principalmente de la economía del sector primario y de los servicios, con distinto grado de desarrollo.

No podemos olvidar que el progreso puede chocar con principios básicos de moralidad y humanidad, lo que da lugar a un debate abierto y no resuelto. Pero, si finalmente decidimos continuar por esta senda o no somos capaces de idear otra que nos satisfaga más, la historia nos enseña claramente que la receta del éxito pasa por la investigación, el desarrollo y la innovación. Esta receta se plasmó como un claro objetivo común de la Comunidad Europea en el Tratado de Lisboa del año 2000: la construcción de una sociedad basada en el conocimiento, como pilar de una economía sostenible y más independiente de las fluctuaciones exteriores. El grito ilustrado se torna ahora colectivo: «atrevámonos a innovar». Se trata de un reto social que necesita que todos participemos activa y mancomunadamente para superar sus dos barreras principales. Por un lado, la conceptual, la del convencimiento pleno, que pocos han conseguido traspasar más allá de la superficie del discurso, de la manifestación o de la opinión complacientes y alineados con un valor teórico que, en realidad, no terminan de creerse. Por otro, la de los intereses cruzados personales, gremiales, regionales, nacionales e internacionales, en los que existen tiempos diferentes para políticos, empresarios, inversores, científicos y ciudadanos, que deben ser conjugados o superados.

Así, la innovación es, en cierto sentido, una de las cruzadas de nuestro siglo, actualmente abanderada por pocos. Si queremos que triunfe, como ha hecho en otros países, debe ganar adeptos plenamente convencidos que trabajen por la causa hasta conseguir implantarla como filosofía social, como algo inherente a nuestra existencia colectiva y como una necesidad para mantener el nivel de vida alcanzado. La innovación no debe ser la guinda ornamental de las sociedades económicamente solventes, sino una herramienta básica para conseguir el progreso sostenible. Tenemos que ver esta empresa como una carrera de fondo, sin ofuscarnos ni desmoralizarnos por las vicisitudes temporales que suponen los vaivenes de la economía mundial y local. Y así, la creciente demanda social anulará insoslayablemente las barreras al progreso puestas por la incompatibilidad de los tiempos y los intereses particulares.

Pero, para atreverse a innovar de verdad, para generar conocimiento útil y transformarlo en valor socioeconómico, es necesario dar pleno valor al conocimiento, algo que España no ha conseguido suficientemente. En nuestro país, la investigación ha estado alejada de una sociedad que, acomodada temporalmente a otras realidades, no percibía nítidamente su beneficio más allá de lo estético, exótico o anecdótico. El apoyo público y privado a la investigación y a la innovación ha sido tradicionalmente deficiente. Por ello, la dedicación a estas tareas sigue siendo, desde cualquier punto de vista que se quiera considerar, una empresa personal de vocación y cierto heroísmo. Lamentablemente, como muestra de nuestras prioridades, nuestro país recompensa más y mejor a aquellos que usan el conocimiento que a aquellos que lo generan.

La innovación no es solo competencia de los científicos o los técnicos, sino que debe impregnar la actividad del pequeño comerciante y del gran empresario, de los profesionales y los artistas, de los servicios y de todos los sectores. Pero es importante reconocer que nadie va a innovar por nosotros: la iniciativa es de cada cual. La oligarquía gobernante, es decir, las autoridades políticas y los llamados agentes sociales, tienen un papel decisivo para catalizar el proceso estableciendo las bases y las estructuras efectivas de fomento, valorización y transformación del conocimiento en las que el resto de los ciudadanos construyamos el edificio con nuestros granitos de arena. La misión de los demás es demandárselo. ¿Cuál es el modelo de pensamiento que vamos a legar a nuestros hijos? Tenemos que decidirlo ya. No hacer nada es decidir que nada cambie. Atreverse a innovar es cosa de todos. Y, como dijo Walt Whitman, “prosigue el poderoso drama y tú puedes contribuir con un verso”.

 

 

DICYT

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