Cuando la tecnología agrícola se escurre como agua entre los dedos

Entregar tecnología a las comunidades para garantizar la seguridad alimentaria no funciona si no se consideran las tradiciones y dinámicas locales, concluyeron participantes de un foro en la Cuarta Asamblea del Fondo para el Medio Ambiente Mundial.

«En Petrolina (en el estado de Pernambuco, Nordeste de Brasil) se compraron paquetes tecnológicos para producir banano y cebolla y fallaron porque no hubo asistencia técnica ni acompañamiento», describió a IPS Espedito Rufino de Araújo, director del Proyecto Dom Helder Camara, del Ministerio de Desarrollo Agrícola de Brasil y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).

«Quisieron aplicar métodos que vienen de afuera y desconocidos para la gente», cuestionó Araújo, en referencia a una iniciativa de la estatal Compañía de Desarrollo de los Valles de San Francisco y Paraíba, que contó con colaboración de organismos internacionales.

Según el funcionario, a menudo se promueve la entrega de paquetes tecnológicos a las comunidades «para combatir la crisis alimentaria» que pretenden ser sostenibles con el ambiente y los recursos naturales, pero terminan siendo un fracaso.

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«Por ejemplo, en el Nordeste de Brasil tenemos 110 áreas geoambientales diferentes. No se puede pretender distribuir un mismo paquete tecnológico a los 110 puntos que tienen culturas y condiciones socioambientales distintas», dijo al finalizar el panel «¿Se puede alimentar al mundo y proteger el medio ambiente?».

El debate tuvo lugar en el marco de la Cuarta Asamblea del Fondo para el Medio Ambiente Mundial, conocido como GEF, por sus siglas en inglés, el más importante instrumento financiero de protección ambiental.

Este organismo fue creado en 1991 por el Banco Mundial, pero se independizó en 1994. Hoy el Banco sólo actúa como ente fiduciario.

Delegados de los 181 países miembros y de más de 400 organizaciones no gubernamentales estuvieron reunidos desde el lunes hasta este miércoles en la ciudad turística uruguaya de Punta del Este para llevar a cabo la quinta ronda de reposición de fondos y definir las prioridades para el cuatrienio 2010-2014.

Uno de los temas destacados en los encuentros paralelos de la Asamblea fue precisamente la relación entre seguridad alimentaria y protección del entorno.

La producción agrícola del mundo tiene que crecer 70 por ciento para alimentar a los a 9.000 millones de habitantes proyectados para 2050, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Pero la agricultura depende de recursos naturales limitados y genera un gran impacto en los ecosistemas.

En este marco, se vuelve vital desarrollar y diseminar nuevas técnicas, así como rescatar otras.

Un ejemplo destacado en el foro fue un innovador sistema de riego desarrollado en Medio Oriente.

Se trata de una red de tuberías superficiales que pueden ser llenadas con casi cualquier tipo de agua (salada, pura o contaminada). Fue diseñada por la multinacional británica Design Technology & Irrigation en conjunto con el FIDA y el gobierno de Jordania, uno de los países más desérticos del mundo.

«Nuestra posición no es contra la transferencia de tecnologías, sino de una relación más participativa. Tenemos que hacerlo con asistencia técnica, investigación, acompañamiento y una demostración para que los agricultores incorporen los conocimientos necesarios», subrayó Araújo.

José Luis Tuquinga es un «chakarero» (sabio agrícola indígena), que trabaja en el proyecto Runa Kawsay para fortalecer organizaciones nativas y rescatar productos tradicionales en Ecuador. En su opinión, muchas veces la transferencia tecnológica es impuesta.

«En muchos de los casos hay que ser conscientes que a veces nos la imponen», dijo a IPS.

Tuquinga explicó que la forma de vivir de los nativos «es un sistema más cristiano, ligado a la protección de la Pachamama (Madre Tierra). Eso de los pesticidas e insumos no aptos para la tierra no funciona», apuntó.

En el proyecto, financiado por el GEF y ejecutado por la FAO, se emplea la sabiduría milenaria y abonos orgánicos para rescatar alimentos tradicionales como la oca, la lechuga y la quinua.

Su coordinador nacional, Marco Vivar, dijo a IPS que en ese país se han elaborado muchos manuales técnicos, pero que a veces no funcionan.

«En un recorrido que hice por más de 200 comunidades no encontré ni un solo indígena usando esto. Entonces la pregunta es ¿qué estamos haciendo y cómo?», cuestionó.

Desde su perspectiva, la asistencia técnica debería complementar el trabajo que se realiza a nivel local.

«La idea es respetar las dinámicas locales y complementar lo que se necesite mejorar. Parece un principio básico y elemental, pero bien complicado de aplicar», indicó.

Para el director de la División del Centro de Inversiones de la FAO, Charles Riemenschneider, el aumento de 52 por ciento de los fondos del GEF acordado en Punta del Este, que llevó a 4.250 millones de dólares los recursos disponibles para los próximos cuatro años, significa más posibilidades de ampliar la transferencia de tecnologías.

El GEF entrega recursos a países en desarrollo y naciones con economías en transición para proyectos de conservación, cambio climático, aguas internacionales, degradación de la tierra, agotamiento de la capa de ozono y contaminantes orgánicos persistentes.

La Asamblea del GEF, que concluyó este miércoles sus sesiones, acordó formalmente constituirse como instrumento financiero de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, adoptada en 1994.

Las jornadas de este jueves y viernes estarán dedicadas a visitar proyectos financiados por el GEF en Uruguay.

ipsnoticias.net – Daniela Estrada y Danilo Valladares

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