Puertas al campo

La capital asturiana de Sariego, que ha crecido con la mejora de las comunicaciones y de la oferta inmobiliaria, se debate entre su reciente expansión hacia lo urbano y la necesidad de preservar su esencia rural, en especial la creciente agricultura y producción ecológica de la zona.

La autopista trajo hasta aquí a José Ramón Hevia. Un adosado en Vega equidistante de todo el centro de Asturias le adoptó para la capital de Sariego hace dos años, cuando la mejor alternativa era no dejar el pueblo ni mudarse a la ciudad. Es lavianés y trabaja en Colunga, su esposa va y viene a Oviedo y la equidistancia les ha puesto a vivir aquí, en una urbanización de chalés pareados cuya denominación, La Llosa, informa de lo que ha dejado de ser esta parte de Vega, un «terreno labrantío cercado» al decir del diccionario. El plan de ordenación ha sembrado a las espaldas de la capilla del Carmen 26 viviendas azules, marrones y amarillas, todas iguales y cosidas de dos en dos, y detrás trece blancas de protección oficial, uniformadas. Ahí el cambio de Vega, aquí la expansión que permite a José Ramón Hevia sentarse al atardecer, en verano, mucho más a gusto bajo los plátanos de esta plaza que en cualquier terraza de una ciudad cualquiera. Con su trocito de «boom» inmobiliario, Vega estiró los 85 habitantes que tenía en el año 2000 hasta conseguir 117 al acabar 2009, pero el precio que a cambio ha pagado todo el pueblo ha puesto algunos signos de interrogación al fondo del modelo elegido para recrecer la capital saregana. Se expande, sí, y promete seguir con otras diecisiete viviendas en proyecto, pero la transformación hacia lo urbano se define «frustrante» en la opinión de algún vecino, persuadido con sabiduría redundante de que «un pueblo tiene que crecer como crece un pueblo».

«Que no piensen que no queremos que estén aquí», aclara Mario Onís, empresario de instalaciones eléctricas en Vega, mientras alguien recuerda alguna queja de alguno de los nuevos moradores por la boñiga en las calles. Pero es que esto nunca quiso ser La Fresneda, le acompaña Pedro Piquero, presidente de la asociación vecinal «Avisu». «Si se hace bien, Sariego tiene la situación ideal para ser una zona residencial», rima Luis Álvarez, concejal socialista y propietario de una granja de pitos de caleya en el barrio de La Baúga, pero Soto de Llanera ya existe y no es aquí. «No me gustan las ciudades dormitorio, donde no ves a nadie», zanja Onís, «y no lo quiero para Sariego. No era esto lo que yo conocí aquí desde guaje».

Tampoco era así el paisaje que habría soñado para la capital del concejo su alcalde, el independiente Javier Parajón, «el primero que dijo que estos adosados no eran lo más idóneo». En su defensa, asegura que «siempre he visto mejor la opción de la vivienda unifamiliar, pero en el sistema de unidades de gestión los promotores intentan sacar el mayor provecho del terreno» y «La Llosa» es el modo que ha encontrado Vega de oponerse a la sangría demográfica de una región en declive. En la plaza y la piscina juegan niños, están vendidas las 24 parcelas del polígono industrial de Santianes y aquí cabe una vida rural que no eterniza el trayecto hacia la ciudad. Vienen «al medio rural y al mismo tiempo a veinte minutos de Oviedo», agradece Parajón, pero la encrucijada del porvenir inmediato ataca de lleno a las esencias de la tipología rural tradicional del pueblo, que se debate entre el mejor modo de no perderla sin dejar de atraer población ni derivar hacia una reserva de pureza campesina semivacía.

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Aquilino González, que ha encontrado una salida a través de la agricultura ecológica, entiende que vive rodeado de un ámbito rural en crisis profunda, pero se rebela contra la «barbaridad» de «crear sólo población artificial, de paso», y explora las maneras de poder seguir pegado al terreno. Es endurecerse sin perder la ternura, diría el «Che» Guevara, o con menos poesía progresar sin renunciar a «una alternativa de vida en el campo» que sigue viva y vigente en Sariego, insiste Luis Álvarez a la vista de los 160 pitos de caleya que se castigan con saña a picotazos en su finca de La Baúga. Están las manzanas, propone González, las abejas, la miel y el bosque y un cambio completo de mentalidad que frene cierta «pérdida de identidad» en el mundo rural. Al agricultor ecológico le cuesta asimilar «que aquí los niños no tengan en la escuela un jardín o un huerto» y protesta contra el desprestigio social que, incluso aquí, ensucia todo lo que huela a campo. «Los jóvenes ya no se preparan para la agricultura», se queja Ángel Samalea, presidente de la Asociación Amigos de la Sidra Casera; «ningún niño contestará ganadero a la pregunta por lo que quiere ser de mayor», asiente Pedro Piquero. Y como la transformación mental va a tardar y cada vez resulta más exótica la estampa de Sabi y Luci Cifuentes a la hierba en los alrededores de Vega, el giro profundo hacia el agro es cosa del largo plazo. A corto, la clave de la fórmula busca el modo de conseguir «un crecimiento lógico y que se pueda mantener y permita la convivencia entre el modo de vida rural y la calidad de vida», sentencia Piquero.

A la respuesta del cómo se le abren muchos caminos. «Es una pena que la gente no se dedique más a las actividades agrarias», concede el Alcalde, «porque tenemos mucho y muy buen terreno llano». Javier Parajón no renuncia a la mirada hacia la agricultura y la ganadería, dice, pero tampoco a otras alternativas diversificadoras de fuentes de riqueza. A ideas. Sin salir del entorno de Vega funcionan la finca de cultivos ecológicos de Aquilino González o una plantación de arándanos, frambuesas y pequeños frutos, y «no hay en toda Asturias un matadero para pitos o animales pequeños», deja la idea Luis Álvarez. Pero siguen ahí las manzanas y la sidra, porque hubo un proyecto que arrancó a tres lagareros la iniciativa de constituir algo similar a una cooperativa para hacer rentables los pomares de Sariego. «Todo el mundo pinta oscuro el campo y es cierto que nada es fácil en estos momentos, pero también es cuestión de tener iniciativas y organizarse», asegura.

 

En el valle ancho

Completar el del concejo acabaría con «la mayor carencia» que observa el alcalde de Sariego. El proyecto avanza con lentitud, pero está a punto de llegar a su conclusión, según Javier Parajón, para pasar el trámite de la Junta de Saneamiento.

El paso por Vega del que conecta Siero con Villaviciosa ha soliviantado a los vecinos y generado un movimiento de oposición que cuestiona las conducciones del gas «por el medio del pueblo», denuncia Pedro Piquero. El presidente del colectivo vecinal «Avisu» reclama «que se desvíe por otro lado, por el menos perjudicial para Sariego».

Para atender a una población en progreso se echa en falta más que los dos bares en la plaza, pide el Alcalde: un pequeño hotel, algún restaurante, «una buena cafetería…».

La tipología rural que tenía Vega hasta hace algunos años preparó un déficit de bajos comerciales que el Ayuntamiento prevé amortiguar incluyendo en sus planes de expansión algún edificio en altura con locales comerciales al nivel de la calle.

Las carencias del transporte público han hecho de Vega y de Sariego «una de las poblaciones de Asturias con más coches en casa por familia», exagera algún vecino de la capital saregana. Con buena comunicación por carretera y sin servicio ferroviario, el vecindario reclama mejores líneas de autobús que no vayan como hasta ahora, denuncian, reduciendo sus frecuencias de paso.

El equipamiento está «en mente» si se hace caso al Alcalde, y forma parte de las reclamaciones más insistentes de los vecinos de la localidad.

Así, en abstracto, para ayudar a una transformación de la mentalidad y poner las bases de un mejor conocimiento del sector agroganadero y «agroforestal», para buscar ahí el principio de las iniciativas motrices para un mejor aprovechamiento de los recursos del medio rural.

Fotografía: «rururbano». Una vaca en un prado próximo a Vega, que se ve al fondo con su nuevo trazado entre lo rural y lo residencial.  Luisma Murias / LNE

M.Prieto/Vida Sana  –  M. Palicio / LNE

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