Parece el impacto de un meteorito pero no lo es, el enorme agujero de Siberia sigue creciendo y ya ocupa más de un centenar de campos de fútbol por el deshielo del permafrost

Publicado el 17 de septiembre de 2026 a las 20:29
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Imagen de satélite del megadeslizamiento de Batagaika en Yakutia, Siberia

En la taiga de Yakutia, unos 10 kilómetros al sureste de la localidad rusa de Batagay, el terreno parece haberse abierto de golpe. Pero la enorme depresión conocida como Batagayka no nació por el impacto de un meteorito. Es el mayor megadeslizamiento retrógrado por deshielo conocido y en 2023 alcanzó 87,6 hectáreas al sumar la cubeta y su canal de salida, algo más de un centenar de campos de fútbol.

Las imágenes de Landsat comparadas por el USGS entre 1991 y 2024, junto con una observación de Sentinel-2 difundida por la ESA en 2026, confirman que la cicatriz continúa ensanchándose. Aun así, la cifra que mejor explica el problema está bajo la superficie. Un estudio de 2024 calcula que Batagayka moviliza alrededor de un millón de metros cúbicos de material al año y entre 4.000 y 5.000 toneladas de carbono orgánico, aunque eso no equivale a que todo termine de inmediato en la atmósfera.

No es un cráter

El permafrost es terreno que permanece a 0 °C o menos durante al menos dos años seguidos. En Batagayka, algunas unidades del subsuelo alcanzan un contenido de hielo de hasta el 87 % de su volumen. Cuando una pared queda expuesta al aire cálido del verano, el hielo se derrite, el sedimento pierde consistencia y la ladera cae como barro.

El proceso se alimenta a sí mismo porque cada desprendimiento deja al descubierto otra pared helada. El trabajo más reciente midió 53 metros de retroceso en cuatro temporadas y media de deshielo, cerca de 12 metros anuales, mientras estudios anteriores obtuvieron valores diferentes según el sector y el periodo. Por eso decir simplemente que «el cráter crece tantos metros al año» puede resultar engañoso.

Una herida iniciada por la tala

La historia comenzó con una alteración humana muy concreta. La tala y el paso de vehículos pesados de orugas entre las décadas de 1940 y 1960 dañaron la vegetación que aislaba el terreno. Según la reconstrucción científica de su evolución, en 1962 ya había una cárcava de más de 800 metros, en los ochenta apareció el deslizamiento y en los noventa superó las 20 hectáreas.

En la base han quedado expuestas capas de permafrost de al menos 650.000 años. Según el geólogo Julian Murton, de la Universidad de Sussex, este depósito «ha resistido cambios naturales durante varios ciclos glaciales e interglaciales, pero es vulnerable a las alteraciones provocadas por el ser humano». La pérdida del abrigo vegetal abrió una herida que las temperaturas más altas continúan agrandando.


Las cifras bajo el barro

El análisis más completo hasta ahora combinó drones, satélites, observaciones de campo y un modelo geológico en tres dimensiones. Sus autores estiman que, desde el inicio de la formación hasta 2023, Batagayka movilizó 34,7 millones de metros cúbicos. De ellos, 23,4 millones eran hielo subterráneo derretido y 11,3 millones correspondían a sedimentos descongelados.

En ese material viajaban unas 169.500 toneladas de carbono orgánico. La diferencia importa. Que ese carbono quede expuesto o sea transportado por el agua no significa que se convierta automáticamente en CO₂ o metano, aunque una parte puede ser degradada por microorganismos y regresar a la atmósfera. No es poca cosa, pero tampoco conviene convertir una estimación de carbono movilizado en una cifra falsa de emisiones.

El problema va mucho más allá

Batagayka es enorme, pero no está sola. Un estudio publicado en 2025 identificó 2.747 zonas activas de deslizamiento por deshielo de al menos una hectárea en las regiones analizadas del hemisferio norte. Entre 2012 y 2022 perdieron en conjunto unos 317 millones de metros cúbicos y descongelaron cerca de 1,95 millones de toneladas de carbono al año.

¿Qué significa esto para el clima? Un modelo de 2026 que incorpora deshielo gradual, colapsos abruptos e incendios de altas latitudes calculó, con su propia definición de presupuesto, un recorte del 25 % en el CO₂ que todavía podría emitirse sin superar 1,5 °C y del 17 % para 2 °C. Batagayka no causa por sí sola esos resultados, pero permite ver a escala humana uno de los procesos que todavía están poco representados en numerosos modelos climáticos.

¿Se puede cerrar esta puerta?

Detener Batagayka por completo no parece realista. La NASA explica que, una vez expuesta una pared de este tipo, resulta muy difícil frenar el deshielo, que vuelve a activarse cuando llega el calor. Con el tiempo, el deslizamiento podría estabilizarse al agotar la parte más vulnerable de la ladera, pero el hielo perdido no se reconstruirá en una escala humana.

La vegetación que coloniza algunas zonas interiores quizá esté reduciendo el calentamiento local, aunque no se ha demostrado que reforestar pueda cerrar la depresión. La lección más útil llega antes del colapso y pasa por proteger la cubierta vegetal, limitar las alteraciones del suelo y vigilar las laderas ricas en hielo.

El estudio principal sobre el volumen, la evolución y el carbono movilizado por Batagayka ha sido publicado en la revista Geomorphology.

Adrián Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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