Las microalgas son tan pequeñas que no las vemos a simple vista, pero cada vez están más presentes en una conversación muy real: cómo mantener la producción agrícola cuando el calor aprieta, el agua escasea y los cultivos se estresan. En España, ese problema ya no es “del futuro”, se nota campaña tras campaña.
En este contexto, empresas como la almeriense Biorizon Biotech están empujando una idea sencilla de entender, aunque compleja por dentro: usar microorganismos fotosintéticos y sus compuestos como base de bioestimulantes para mejorar la respuesta de la planta. ¿La clave? Que haya tecnología, ensayos y reglas claras para separar la solución útil del puro humo.
El calor no es una anécdota
El año 2025 fue “extremadamente cálido” en España peninsular, con una anomalía de +1,1 ºC respecto al periodo 1991-2020, según el resumen anual climatológico de AEMET. Además, el verano de 2025 fue el más cálido desde el inicio de la serie en 1961.
En la práctica, esto se traduce en más días con estrés térmico, más picos de demanda hídrica y un cultivo que, a veces, parece “frenado” justo cuando debería tirar. Y en zonas de agricultura intensiva, como Almería, el reto se juega dentro y fuera del invernadero, porque el microclima ayuda, pero no hace magia.
Microalgas y macroalgas no son lo mismo
Uno de los puntos que más se repite en el sector es la confusión entre “algas de playa” y microalgas. En la planta Ágora Sabana, Biorizon lo explica sin rodeos: “Las microalgas no tienen nada que ver con las macroalgas”.
Las microalgas se cultivan en sistemas controlados y su interés está en lo que producen y acumulan. En el caso que describe la compañía, el objetivo es transformar esa biomasa en soluciones que ayuden a la planta a funcionar mejor en momentos delicados, como olas de calor o desequilibrios de nutrición.
De la cepa local al tanque de 100.000 litros
El proceso que se describe desde dentro tiene más de ingeniería que de “receta casera”. Biorizon explica que parte del aislamiento de cepas del entorno de Almería y de un escalado progresivo “multiplicando por 10 el volumen” hasta llegar a un tanque de 100.000 litros.
Un dato que llama la atención es el trabajo de selección. Según esa misma descripción, la empresa ha estudiado más de mil cepas y opera actualmente con once, elegidas por su contenido en biomoléculas de interés agronómico y combinadas según el objetivo del producto.
Y hay otro punto que conecta directamente con el CO2. En el sistema de cultivo se gestiona el intercambio de gases y se incorpora aporte de dióxido de carbono, incluso procedente de otras industrias, dentro de una lógica de reutilización. El equipo técnico citado en el reportaje señala una cifra orientativa de captura de CO2 por biomasa producida.
Lo que dice Europa sobre los bioestimulantes
Aquí conviene bajar a tierra una pregunta básica. ¿Qué es exactamente un “bioestimulante” y qué se puede prometer con él? En el Reglamento (UE) 2019/1009, el “bioestimulante de plantas” se define como un producto que “estimula los procesos de nutrición” independientemente de su contenido en nutrientes, con el objetivo de mejorar características como la eficiencia en el uso de nutrientes o la tolerancia al estrés abiótico, entre otras.
Además, el reglamento también entra en lo que debe figurar en el etiquetado para esta categoría funcional. Por ejemplo, se pide indicar el “efecto pretendido”, métodos de aplicación e instrucciones relevantes para la eficacia. Esto es importante porque obliga a concretar y reduce el margen para frases vagas.
En ese marco, Biorizon destaca que cuenta con bioestimulantes con certificación europea, citando productos como “Algafert Eco”, “Biofat 600”, “Biopower Eco” y “Photopower”. La idea, al menos sobre el papel, es que el mercado se parezca menos a un escaparate de milagros y más a un catálogo con controles.
La sostenibilidad también está en la trastienda
Cuando se habla de agricultura y clima, muchas veces pensamos solo en el cultivo. Pero detrás hay consumo energético, bombeos, procesado y una factura de la luz que se nota. En su página de instalaciones, Biorizon explica que ha implantado autoconsumo fotovoltaico con 54 módulos de 440 Wp y afirma que esto les ayuda a reducir de forma importante el coste energético.
En paralelo, el reportaje técnico sobre Ágora Sabana describe un enfoque de eficiencia de recursos, con recirculación del agua y una gestión del CO2 integrada con otras industrias, además de una reducción del consumo energético en fases concretas del proceso. Son detalles que no suelen salir en la etiqueta, pero cuentan si hablamos de sostenibilidad real y no solo de marketing.
También hay un componente de conocimiento local que pesa. No es casual que este tipo de proyectos nazca en una provincia donde la superficie invernada se mantiene alrededor de las 33.000 hectáreas, según datos divulgados por la Junta de Andalucía. El campo allí es industria, y por eso también es laboratorio.
Qué debería tener en cuenta quien lo usa
La pregunta del millón es inevitable. ¿Qué significa esto para un agricultor que tiene que sacar adelante una campaña con calor y costes altos? Primero, que un bioestimulante no sustituye al riego, ni arregla un suelo agotado por arte de magia, ni compensa una mala estrategia nutricional. Es un apoyo, no un salvavidas universal.
Segundo, que conviene exigir evidencias y leer la etiqueta con calma. El marco europeo empuja a que se declaren efectos, usos e indicaciones, así que merece la pena comprobar si lo que se promete encaja con el problema real del cultivo y con el momento fenológico.
Y tercero, que la consistencia importa. En Ágora Sabana se describe el uso de ensayos y condiciones controladas (incluido un fitotrón) para validar comportamiento en distintos escenarios climáticos y de mercado. Eso, traducido al día a día, es intentar evitar que el producto funcione “a ratos” según la zona o la semana. Y eso se nota.
El marco legal europeo que define qué es un bioestimulante de plantas y qué puede declararse en su etiquetado está recogido en el Reglamento (UE) 2019/1009, publicado en el BOE.










