Calor agobiante en ciudades que antes se libraban de las olas de calor, facturas de la luz disparadas por el aire acondicionado y cosechas que se resienten. La pregunta que flota detrás de todo esto es sencilla y a la vez incómoda. ¿Aún estamos a tiempo de cambiar el destino climático del planeta o ya hemos llegado tarde?
Un especial del medio brasileño g1 ha preguntado exactamente esto a 33 voces clave de la ciencia y el activismo climático, desde investigadores del IPCC hasta líderes indígenas y referentes empresariales. La respuesta que sale de ese coro es matizada, pero clara. El tiempo se está agotando, aunque todavía existe una pequeña ventana para evitar los peores escenarios si aceleramos de forma drástica los cambios de aquí a 2050.
El “botón de emergencia” está en cómo consumimos
Cuando se les pide imaginar un botón de emergencia para el planeta, la mayoría de los expertos no lo sitúa en una tecnología milagrosa, sino en algo mucho más cotidiano. El modelo global de consumo. Según el especial, este patrón basado en producción masiva, extracción sin freno y desperdicio constante vacía los recursos naturales y agranda la brecha entre quienes más tienen y quienes menos. Es el combustible que alimenta al mismo tiempo deforestación, contaminación y calentamiento global.
Traducido al día a día, tiene que ver con lo que compramos, cuánto usamos el coche, qué comemos y cuánto desperdiciamos. No basta con poner más placas solares si al mismo tiempo llenamos el carrito con productos de usar y tirar o seguimos dependiendo del petróleo para mover mercancías y personas por todo el planeta.
2050, una fecha que ya no suena tan lejana
El año 2050 se ha convertido en una especie de frontera climática. Es el horizonte que muchos países han marcado para alcanzar emisiones netas cero y, al mismo tiempo, el punto en el que el planeta podría superar los 2 grados de calentamiento respecto a la era preindustrial si no hay recortes muy rápidos de CO₂.
El IPCC lleva años avisando de que limitar el calentamiento a 1,5 grados requiere reducciones profundas de emisiones antes de 2030 y neutralidad de carbono en torno a mitad de siglo, con cambios muy rápidos en energía, transporte, industria y uso del suelo. La diferencia entre quedarse cerca de 1,5 grados o acercarse a 2 grados no es un detalle menor. Supone menos olas de calor extremas, menos subida del nivel del mar y menos pérdida de ecosistemas y medios de vida.
El problema es que el reloj corre más que la política. En los últimos tres años la temperatura media del planeta ya ha rondado o superado los 1,5 grados, según los análisis del servicio europeo Copernicus y otros grupos científicos, y 2024 fue el año más cálido registrado hasta ahora. Un estudio reciente sobre el presupuesto de carbono advierte incluso de que, al ritmo actual, el margen para mantener una posibilidad razonable de quedarnos por debajo de 1,5 grados podría reducirse a apenas un par de años si no se recortan emisiones de manera brusca.
¿Hay tiempo para evitar los peores impactos?
Cuando g1 pregunta a estas 33 personas si todavía hay tiempo para revertir los peores impactos de la crisis climática, la mayoría se muestra escéptica. No porque todo esté perdido, sino porque la velocidad de la respuesta global sigue muy por debajo de lo que marca la ciencia. En palabras del reportaje, los expertos ven un planeta en “cuenta atrás”, donde la diferencia entre un futuro difícil y uno francamente peligroso dependerá de lo que hagamos en los próximos 25 años.
Aquí entra en juego otro matiz importante. Evitar los peores escenarios no significa volver a un clima estable y conocido. Muchas consecuencias, como el aumento del nivel del mar o la frecuencia de olas de calor, ya están en marcha. Lo que se decide ahora es cuánto más se agravan, cuántas cosechas podrán adaptarse, cuántas ciudades costeras tendrán tiempo de protegerse y cuánta gente quedará expuesta a eventos extremos.
Poca confianza en los países más ricos
El sondeo también pide a los entrevistados que puntúen, de 0 a 10, su nivel de optimismo respecto al compromiso real de los países desarrollados frente al calentamiento global. El resultado general es bajo. Las grandes economías han sido las principales responsables históricas de las emisiones y, sin embargo, el avance de sus compromisos sigue siendo desigual, con metas aplazadas, objetivos rebajados y vaivenes en los acuerdos internacionales.
Detrás de esa desconfianza hay un mensaje práctico. Sin un cambio claro en las políticas de los grandes emisores, desde la generación de energía hasta la movilidad y la industria pesada, será muy complicado que el resto del mundo pueda seguir una senda compatible con 1,5 o incluso 2 grados.
¿Qué significa todo esto para ti?
Puede sonar a debate lejano, pero no lo es. Cuando elegimos energía renovable en la factura de la luz, cuando optamos por un trayecto en tren en lugar de en avión, cuando reducimos el desperdicio de comida o apostamos por productos duraderos en vez de baratos y desechables, estamos tocando justamente ese modelo de consumo que los expertos señalan como la raíz del problema.
No es suficiente con decisiones individuales, por supuesto. Las voces consultadas insisten en la necesidad de políticas que aceleren la transición energética, protejan bosques y océanos y refuercen la adaptación de las personas más vulnerables. Sin embargo, la presión social, el voto y las decisiones de consumo ayudan a que esas políticas se muevan en la dirección correcta.
En resumen, todavía hay margen para cambiar el rumbo del clima, pero ya no hablamos de un horizonte abstracto, sino de una década y media muy concreta que decidirá cómo serán las olas de calor, las sequías o las inundaciones que vivirán quienes hoy son niños y niñas.





















