Los sapos de Yosemite jóvenes de los prados del paso Tioga, en el parque nacional de Yosemite (California), se enterraron en otoño de 2021 con una infección media del 23,2 % por el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, conocido como Bd, y al salir de su letargo en mayo de 2022 más del 90 % daba positivo. Lo ha comprobado un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) en un trabajo publicado el 23 de septiembre en la revista Functional Ecology.
Dave Daversa, ecólogo de UCLA y primer autor, empezó a recorrer los prados con su equipo el 17 de mayo de 2022, todavía con nieve, y el 25 de mayo vieron los primeros sapos en Dana Meadow. Daversa calificó de completamente inesperados los resultados, según la nota de prensa de UCLA.
Un hongo de agua que creció bajo la nieve
«Aunque el Bd es un patógeno sobre todo acuático, descubrimos que grandes brotes de infección crecen y se propagan durante la hibernación en tierra», explicó Daversa.
El Bd es un hongo quitridio microscópico que infecta la piel de los anfibios con zoosporas, unas células que nadan en el agua, y puede causar la quitridiomicosis, una causa importante de los declives y extinciones de anfibios en todo el mundo, según los autores.
Por eso se pensaba que el riesgo estaba en charcas, ríos y lagos, como ocurre con los refugios donde el clima frena al quitridio en las ranas arlequín de Panamá, y un hongo letal está detrás de que los anfibios desaparezcan incluso en bosques protegidos de los Andes.
Un sapo que camina y duerme en madrigueras
El sapo de Yosemite (Anaxyrus canorus) vive casi exclusivamente en Yosemite, el parque de las secuoyas gigantes de Mariposa Grove, y en los parques nacionales de Sequoia y Kings Canyon. Ocupa prados de montaña de entre 1950 y 3500 metros en la Sierra Nevada de California.
Mide entre 2,5 y 7,5 centímetros y camina en lugar de saltar. Cría en pequeñas charcas, pero pasa buena parte del año en madrigueras abandonadas de roedores, y entre octubre y mayo, según la altitud, queda en brumación bajo la nieve, una forma de letargo parecida a la hibernación.
El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos calcula que la especie ha perdido al menos el 50 % de sus poblaciones. Está catalogada como amenazada en la Ley de Especies en Peligro desde 2014, y California la considera una especie de especial preocupación de máxima prioridad.
Del 23 % a más del 90 % en un invierno
Entre 2021 y 2023, investigadores de UCLA y del propio parque tomaron más de 1800 muestras en seis prados del paso Tioga.
En 2021 capturaron a mano hasta 50 metamórficos por prado, los sapitos recién salidos de la fase de renacuajo, en julio, un mes más tarde y en septiembre. Les pasaron un bastoncillo estéril por el vientre y analizaron las muestras con PCR, pruebas parecidas a las de la covid. Molly Posta, estudiante de Ecología y Biología Evolutiva de UCLA, participó en ese trabajo de campo.

En el primer muestreo tras la metamorfosis, el hongo no apareció en cinco de los seis prados. Un mes después ya estaba en todos, y la infección fue subiendo hasta el 23,2 % de media al final del verano.
Al salir del letargo en 2022, los mismos grupos superaban el 90 %, aunque no tenían por qué ser los mismos individuos, y la prevalencia siguió alta durante las cuatro semanas siguientes.
En Dana Meadow, 18 sapos de un mismo grupo tenían más de 600.000 copias del ADN del hongo, el equivalente a más de 10.000 zoosporas, cargas que suelen ir unidas al inicio de la quitridiomicosis y a la muerte. Ninguno mostraba síntomas visibles. En 2023, el equipo volvió y 28 de los 30 sapos de la camada de 2022 dieron positivo, el 93 %.
Los autores sostienen que, hasta donde saben, es la primera prueba en poblaciones silvestres de que el Bd no solo persiste, sino que también prolifera en hospedadores terrestres en letargo.
Los adultos en el agua, menos infectados
En Lower Gaylor, un prado con muchos sapos reproductores, el equipo comparó todas las edades tras el deshielo de 2021. Los sapos de primer año llegaron al 76,9 % de infección y los de segundo año, al 60 %, mientras que los adultos, que estaban en el agua, tuvieron una prevalencia bastante menor. Ninguno de los 30 renacuajos analizados tenía el hongo.
Según explicó Daversa, el hallazgo choca de lleno con la idea de que la temporada de mayor riesgo de infección por Bd llega cuando los anfibios crían en el agua. «Nuestro estudio va directamente en contra de esa expectativa», dijo.

Brad Shaffer, biólogo de la conservación de UCLA y coautor, cree que el hongo Bd parece capaz de pasar de unos individuos a otros. «Que sea capaz de multiplicarse en tierra a temperaturas bajísimas es una auténtica sorpresa», dijo.
Sapos liberados con más años
Los sapos de Yosemite se han criado en el Zoo de San Francisco para devolverlos a la naturaleza, igual que otros anfibios del estado, como el programa que ha devuelto más de 10.000 ranas criadas en cautividad a las montañas del sur de California. Hasta ahora no se sabía cómo el Bd podía complicar ese esfuerzo.
Soltarlos como metamórficos sería más barato y sencillo, pero los gestores ya solo liberan animales tras unos años de crecimiento, cuando corren menos riesgo de infectarse en invierno, según UCLA. Los autores creen además que algo parecido puede ocurrir con otros hongos de animales que hibernan, como el síndrome de la nariz blanca de los murciélagos.
Lo que todavía no se sabe
El equipo no sabe si los sapos se contagian dentro de la madriguera o si entran con una infección imposible de detectar que luego crece. Para explicar el 90 % solo con infecciones ocultas, más de 600 de los metamórficos muestreados tendrían que haberlas llevado.
El frío es el otro enigma. En laboratorio, el Bd deja de crecer hacia 1 o 2 °C, aunque no se midió la temperatura de los sapos bajo tierra. Jamie Lloyd-Smith, ecólogo de UCLA y coautor, sospecha que «el estado inmunitario del animal podría estar bajando todavía más que la capacidad del hongo para crecer».
Tampoco vieron sapos enfermos ni muertos. Aun así, con cargas que alcanzan niveles letales, los autores consideran plausible, y quizá probable, que el hongo esté matando sin ser visto a sapos de primer año, algo que esperan aclarar en próximos estudios.
El estudio completo se ha publicado en Functional Ecology.
Foto: NPS/Sara Gabel












