Creíamos que ya conocíamos casi toda la vida del planeta y los datos científicos sugieren que aún sabemos mucho menos de la vida en la Tierra de lo que pensábamos

Publicado el: 25 de diciembre de 2025 a las 12:28
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Sendero en un bosque brumoso, hábitat de alta biodiversidad vinculado al récord de nuevas especies descritas en 2020

Récord de 17.044 nuevas especies en 2020 (la Tierra aún esconde miles por descubrir). Foto: Canva/Ecoticias.

La carrera por poner nombre a la vida en la Tierra no se está agotando, sino que gana velocidad. Un análisis publicado en Science Advances estima que en 2020 se describieron 17.044 especies nuevas, el registro anual más alto del que hay constancia en la serie examinada. La investigación, liderada por John J. Wiens (Universidad de Arizona), sostiene que, entre 2015 y 2020, la comunidad científica documentó de media más de 16.000 especies al año, con un peso dominante de artrópodos e insectos entre los animales.



El dato central dialoga con una percepción extendida fuera (y también dentro) de la academia. La idea de que la “edad de oro” del descubrimiento quedó atrás y que el planeta está ya, en lo esencial, inventariado. El trabajo discute esa intuición a partir de un recuento de historias taxonómicas en torno a los dos millones de especies descritas, un archivo que permite reconstruir ritmos, picos y cambios de tendencia.

El patrón que emerge es doble. En números absolutos, los récords recientes se explican por la capacidad creciente para muestrear (y publicar) en grupos hiperdiversos, donde cada expedición, cada revisión de colecciones y cada campaña de genética abre cajones enteros de “lo desconocido”. En estructura, el avance se apoya en el trabajo silencioso de la taxonomía (un oficio a menudo infravalorado) y en herramientas moleculares que ayudan a separar especies crípticas, invisibles al ojo, distinguibles por diferencias genéticas.



La geografía de la novedad también importa. Aunque el estudio no convierte este punto en su gran titular, sí sugiere un desplazamiento gradual hacia comunidades científicas que describen biodiversidad en sus propios países, un giro coherente con la expansión de capacidades universitarias y de museos en regiones megadiversas. La promesa, para la conservación, es evidente. No se puede proteger lo que no existe oficialmente en el lenguaje de la ley y de la ciencia. La descripción y el nombre, con todo lo burocrático que conllevan, son el primer escalón para que una especie entre en planes de gestión, evaluaciones de riesgo o listas rojas.

Hay, además, un incentivo que rara vez entra en la conversación pública con la misma fuerza que las imágenes de selvas o arrecifes. El potencial biomédico. La investigación recuerda que compuestos derivados de organismos estudiados han terminado inspirando fármacos, incluidos tratamientos modernos basados en agonistas del receptor GLP 1 asociados a una hormona hallada en el monstruo de Gila. En términos prácticos, cada nueva especie documentada no es solo una línea en una base de datos, también es una hipótesis de trabajo sobre moléculas, materiales, venenos o rutas metabólicas.

El contraste con la extinción aparece, en el estudio y en la cobertura institucional, como un terreno delicado. Wiens sostiene que, en sus cálculos, la tasa de desaparición documentada ronda unas 10 especies al año, una cifra muy inferior al caudal de hallazgos. Pero ese encuadre convive con otras advertencias oficiales. La plataforma científica intergubernamental sobre biodiversidad, IPBES, ha señalado que el ritmo actual de extinción es al menos decenas o cientos de veces superior al promedio de los últimos millones de años, y que una proporción relevante de especies evaluadas está amenazada. La discrepancia no es trivial. Depende de qué se cuente (extinciones confirmadas frente a riesgo y declives poblacionales), de los sesgos (muchas pérdidas ocurren sin registro) y de los umbrales (cuándo se considera “extinta” una especie).

En ese cruce de narrativas, el récord de 2020 puede leerse de dos maneras, compatibles entre sí. Como una buena noticia sobre la capacidad humana para conocer el planeta (más manos, mejores técnicas, más cooperación) y como un recordatorio de la magnitud del trabajo pendiente. Si el inventario crece más deprisa, no significa necesariamente que la crisis de biodiversidad se atenúe. Puede significar, también, que el margen de ignorancia era más grande de lo supuesto y que la ventana para documentar (y salvar) parte de esa diversidad se está cerrando en algunos ecosistemas.

El estudio proyecta, con cautela, que la biodiversidad real excede ampliamente el catálogo actual, con estimaciones potenciales muy por encima de las cifras descritas en grupos como peces y anfibios. En términos políticos y presupuestarios, la implicación es incómoda. La conservación necesita mapas de prioridades, pero esos mapas dependen de nombres, de diagnósticos y de datos que cuestan tiempo. Si la taxonomía es la puerta de entrada a la protección, acelerar la puerta sin reforzar lo que hay detrás (gestión, vigilancia, restauración) puede dejar al sistema cojo.

La paradoja, en suma, es que la ciencia está llegando a más rincones de la vida mientras la presión humana sigue empujando a muchos sistemas naturales al límite. Saber más no garantiza, por sí solo, perder menos. Pero sin ese saber, la pérdida ocurre en silencio.

El estudio ha sido publicado en Science Advances.

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ECOticias.com El periódico verde

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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