Los restos de posidonia que el mar deja en las playas del Mediterráneo suelen acabar en un vertedero. Un grupo de la Universidad de Alicante (UA) los ha convertido en un sustrato para cultivar hortalizas. Se fabrica en un máximo de cinco días y sin aditivos químicos.
Lo más llamativo llega con la cosecha, porque según la UA los tomates que crecen en él ganan sabor y aroma. ¿Puede un residuo de playa ayudar a recuperar el tomate de toda la vida? Los primeros ensayos en invernadero apuntan en esa dirección, aunque falta probarlo a mayor escala.
De la orilla al vertedero
La Posidonia oceanica no es un alga, sino una planta marina que forma praderas bajo el agua. Sus hojas muertas se amontonan en la orilla en los llamados arribazones. Y no, los arribazones de posidonia no son basura, aunque en agosto estorben a más de un bañista.

El problema es lo que pasa después. Retirarlos cuesta mucho dinero a los ayuntamientos, recuerda la UA. Y hoy estos restos terminan en vertederos municipales, pese a ser un material rico en nutrientes.
Agua, aire y cinco días
El grupo de Química Agrícola de la UA ha optado por un proceso puramente físico, sin compost ni reactivos. «El proceso consiste en seleccionar y limpiar los restos de posidonia, lavarlos con agua para retirar la arena y reducir las sales superficiales, secarlos y triturarlos», explica el investigador Borja Ferrández.
Primero se quitan a mano los plásticos y otros restos que trae el mar. Después basta con agua corriente para eliminar la arena y parte de la sal, y el secado se hace al aire. Al final, la planta triturada se mezcla con una sustancia inerte que mejora la aireación.
Un compostaje convencional tarda entre 9 y 12 meses, según la ficha técnica de la universidad. Este sustrato, en cambio, queda listo en cinco días como mucho. Para una empresa eso es menos espera y menos almacén.

Más posidonia sin dañar la planta
Los estudios previos marcaban un límite claro. Cuando este residuo superaba el 30 % del sustrato, los cultivos perdían rendimiento. La culpa era, en buena parte, del exceso de sal que arrastra la planta.
La nueva fórmula de la UA rompe ese techo y admite una proporción «muy superior» de posidonia. La universidad no concreta ese porcentaje en su nota. Es algo habitual en una tecnología protegida con una solicitud de patente.
Tomates que saben a algo
Aquí está la parte que más interesa a quien hace la compra. La posidonia llega al sustrato entera y sin alterar químicamente. Por eso conserva sus antioxidantes y otras moléculas protectoras.
Gracias a ellas, el sustrato no se limita a sujetar la raíz. Según Ferrández, también «estimula en la planta la síntesis de los azúcares y compuestos volátiles responsables del sabor y el aroma del fruto». Además, retiene bien el agua y suelta los nutrientes poco a poco durante todo el cultivo.
Quien haya mordido un tomate insípido entiende el valor de esto. La propia UA habla de una pérdida progresiva del sabor en cultivos de gran consumo como el tomate. A eso se suma la degradación de los suelos fértiles por el cambio climático.
Una salida para la turba
El otro beneficio está en lo que se deja de usar. La turba es el material de referencia para fabricar sustratos agrícolas. Pero sacarla destruye las turberas, grandes almacenes naturales de carbono, y libera muchos gases de efecto invernadero.
El asunto llega también a las terrazas, porque usar turba en el jardín puede liberar mucho carbono. El sustrato de la UA, además, no lleva sedimentos de dragado. Así evita meter metales pesados en el cultivo.
La UA piensa en tres usos concretos para su invento, la producción de hortalizas, la industria de sustratos y la agricultura ecológica. Este último es un mercado en crecimiento, y un producto limpio obtenido solo por medios físicos encaja con sus principios. De paso, según la ficha técnica, los ayuntamientos gastarían menos en gestionar este residuo.
Falta salir del invernadero
Por ahora, los ensayos se han hecho en un invernadero experimental. La tecnología está en una prueba de concepto financiada por el Instituto Valenciano de Competitividad e Innovación (Ivace+i). Se trata de ver cómo responde en condiciones más cercanas a las reales.
La UA tampoco ha dado cifras de producción ni de precio frente a la turba. El avance forma parte del proyecto INSIGNIA, que busca sacar partido a estos arribazones y obtener también bioestimulantes. Ojo, porque se usan restos muertos y no la pradera viva, que ya sufre por el calor acumulado en el Mediterráneo.
La oficina de transferencia de la UA busca empresas que quieran explotar el sustrato, según su ficha de oferta tecnológica. Quizá el próximo saco para las tomateras venga, en parte, de la playa. La nota de prensa ha sido publicada en la web de la Universidad de Alicante.
Foto: Universidad de Alicante












