Una tarántula gigante cazando y devorando a una víbora venenosa en plena selva de Ecuador. Así, sin exagerar, se resume la escena que un grupo de investigadores documentó en la Reserva Ateles, en la provincia de Manabí. El episodio no es solo llamativo. Es el primer registro mundial de una araña del género Pamphobeteus depredando a una víbora y el primer caso documentado de una araña cazando una serpiente en Ecuador.
Un encuentro nocturno en la Reserva Ateles
La escena ocurrió la noche del 18 de julio de 2024, hacia las 23 horas y 45 minutos, durante un muestreo de anfibios y reptiles en la Reserva Ateles, un bosque siempreverde de tierras bajas gestionado por la Fundación Cóndor Andino Ecuador. Allí, a la entrada de una madriguera, el equipo observó a una tarántula Pamphobeteus sp alimentándose de una cría de Bothrops asper, una víbora conocida en gran parte de América Latina como terciopelo.
La serpiente, de pequeño tamaño, presentaba la parte frontal del cuerpo con signos claros de parálisis, probablemente por el veneno o por las heridas que le había provocado la araña durante el ataque, según detallan los autores. Tras unos minutos de observación, los investigadores recogieron a ambos animales para poder identificarlos con precisión en el laboratorio.
Bajo condiciones controladas, la tarántula continuó alimentándose de la serpiente durante unas veinticuatro horas, hasta consumirla por completo. Es decir, no se trató de un simple intento de caza, sino de un evento de depredación completo que los científicos pudieron seguir casi de principio a fin.
Quién es quién en esta historia
Bothrops asper es una de las víboras venenosas más conocidas de los trópicos americanos. Está ampliamente distribuida desde México hasta el noroeste de Sudamérica y en Ecuador ocupa bosques secos, húmedos y zonas alteradas como pastizales o plantaciones. Es una especie temida por su veneno, pero también una pieza importante de la red ecológica, ya que se alimenta de pequeños mamíferos, anfibios y otros vertebrados.
La protagonista de ocho patas pertenece al género Pamphobeteus, un grupo de grandes tarántulas neotropicales, de coloración oscura y cuerpo voluminoso, presentes en bosques de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú. Las hembras suelen excavar madrigueras subterráneas, cuyo acceso refuerzan con seda. Desde ese refugio detectan vibraciones en el suelo y salen con rapidez para capturar presas que pueden ser insectos, otros artrópodos y, como muestra este caso, pequeños vertebrados.
Si alguna vez has visto una tarántula inmóvil junto a la boca de su madriguera, ahora quizá la mires con otros ojos. No solo espera insectos. A veces espera algo mucho más grande.
Por qué este registro es tan relevante
Los autores recuerdan que las arañas de la familia Theraphosidae ya se habían citado varias veces como depredadoras de serpientes venenosas del género Bothrops en otros países, con especies como Brachypelma o Sericopelma cazando víboras emparentadas en México y Costa Rica. Sin embargo, no existía evidencia científica de que una Pamphobeteus pudiera hacer lo mismo con una serpiente, y menos con una especie tan conocida como Bothrops asper.
Otro detalle importante. Estudios previos indican que las tarántulas son uno de los grupos de arañas que con más frecuencia participan en eventos de depredación sobre serpientes venenosas, aunque estos episodios siguen considerándose poco comunes y difíciles de observar en la naturaleza. En el fondo, lo que muestra este registro es que aún sabemos poco sobre quién se come a quién en muchos ecosistemas tropicales.
El trabajo subraya además que este es el primer caso documentado de una araña depredando una serpiente en territorio ecuatoriano. En un país megadiverso, donde conviven cientos de especies de reptiles, anfibios y artrópodos, que este tipo de interacción no se hubiera descrito antes dice más de lo escaso del muestreo que de lo raro del comportamiento.
Los autores señalan que este hallazgo busca animar a la comunidad científica a estudiar mejor las interacciones tróficas, es decir, quién se alimenta de quién dentro de los ecosistemas, para entender también qué implica la pérdida de biodiversidad. En la práctica, esto significa que cuando desaparece una especie no solo perdemos un nombre en una lista. Se rompen relaciones, cadenas de alimento y equilibrios que aún estamos empezando a describir.
La escena captada en la Reserva Ateles recuerda que incluso un depredador temido como la víbora terciopelo puede convertirse en presa si se dan las condiciones adecuadas. Y que sin el trabajo paciente de equipos que pasan noches enteras en el bosque, muchas de estas historias quedarían invisibles para siempre.
El estudio oficial ha sido publicado en la Revista Latinoamericana de Herpetología.
















