Un estudio publicado el 13 de enero de 2026 en Nature Energy cuestiona una idea muy repetida en los modelos globales (que África seguirá dominada por motores de combustión hasta mediados de siglo). Al simular 52 países y seis segmentos de uso (motos, coches pequeños, medianos y grandes, y minibuses) en 2025, 2030 y 2040, los autores encuentran que los vehículos eléctricos a batería combinados con carga solar fuera de red pueden ser más baratos en coste total de propiedad y, a la vez, recortar emisiones mucho antes de 2040.
Lo diferencial no es solo el vehículo, sino el “enchufe”. En vez de asumir una red eléctrica robusta, el análisis dimensiona sistemas solares dedicados con batería estacionaria para cubrir la demanda diaria del vehículo (con una fiabilidad mínima del 90 por ciento). Para un coche pequeño que recorre unos 50 km al día, el trabajo cita un sistema compacto cuyo coste ronda los 2.700 dólares (con instalación). En otras palabras, la carga no desaparece como reto logístico, pero deja de ser el gran agujero económico que muchos dan por hecho.
El hallazgo incómodo está en otra parte (la financiación). El estudio muestra que, en varios contextos, el coste del capital puede “comerse” la ventaja del eléctrico porque la inversión inicial es mayor. En el promedio que reportan para un segmento representativo, la paridad de costes llega alrededor de 2030 en muchos casos y la ventaja se consolida hacia 2040, pero el calendario se adelanta o se retrasa según el riesgo país y el acceso a crédito. Dicho de forma simple, el cuello de botella no es una batería milagrosa, sino un préstamo caro.
También hay un mensaje claro sobre “soluciones puente”. Los combustibles sintéticos salen mal parados incluso bajo supuestos muy optimistas, lo que sugiere que deberían reservarse para sectores difíciles de electrificar (como aviación) en lugar de competir en el coche particular africano. Y el propio estudio recuerda un matiz crucial (sus números excluyen impuestos, aranceles y subsidios), así que funcionan como una “línea base” tecnológica. Eso significa que políticas mal diseñadas podrían frenar una opción que ya empieza a ser competitiva, pero también que reformas inteligentes (por ejemplo, reducir riesgo financiero y evitar sobrecostes de importación) podrían acelerar mucho el cambio.




















