Cuando los lobos volvieron a Yellowstone National Park en 1995, muchos científicos y divulgadores pensaron que estaban asistiendo a una historia redonda de restauración de la naturaleza. El relato era muy atractivo. Menos alces, más sauces y álamos, regreso de los castores y ríos recuperando su curso. En la práctica, la película ha salido bastante más complicada.
Un gran experimento de más de veinte años, liderado por los ecólogos Tom Hobbs y David Cooper en la Universidad Estatal de Colorado, muestra que la recuperación del ecosistema va mucho más lenta de lo que se contó en los vídeos virales. El estudio, financiado por la National Science Foundation y publicado en la revista Ecological Monographs, concluye que la vuelta de los grandes carnívoros no ha devuelto el paisaje a la situación previa a su desaparición.
Los científicos hablan de un “estado ecológico alternativo”. Traducido al día a día, significa que el sistema se ha reorganizado en otra combinación de vegetación, agua y fauna que es estable por sí misma y que no vuelve atrás solo porque se reintroduzca un depredador.
Un experimento de 20 años con vallas y diques artificiales
Para entender qué estaba pasando, el equipo de Colorado State University montó un experimento poco vistoso pero muy potente. En 2001 instalaron cuatro zonas de estudio en el norte de Yellowstone y dentro de ellas cerraron ocho parcelas para que los herbívoros no pudieran ramonear. En algunas además construyeron “presas de castor” artificiales con troncos y lonas impermeables que permitían elevar el nivel del agua subterránea. Otras áreas se dejaron sin tocar como control. A partir de 2009 añadieron 21 parcelas de control más para asegurarse de que los resultados representaban bien el paisaje.
La lógica era sencilla. Si bastaba con reducir la presión de alces y otros ungulados, las zonas abiertas deberían empezar a parecerse poco a poco al paisaje antiguo, con sauces altos y densos. Pero eso no ocurrió. Los sauces de las parcelas sin valla siguieron siendo bajos. Solo donde se combinaba menos ramoneo con agua accesible las plantas crecían más de tres veces en altura respecto a las zonas sin intervención.
Es decir, la hidrología se ha convertido en el cuello de botella. Durante décadas, la ausencia de depredadores permitió que los alces agotasen los sauces que necesitaban los castores. Sin castores construyendo diques, los arroyos se encajaron más en el terreno y el agua bajó, dejando las raíces de los sauces desconectadas del nivel freático. Ese cambio físico no se corrige solo con traer lobos de vuelta.
Lobos, alces, bisontes y castores en un tablero muy cambiado
La reintroducción de lobos redujo la población de alces y también influyeron el rebote de pumas y osos y la caza en el perímetro del parque. Sin embargo, el ramoneo sobre la vegetación leñosa no ha caído en la misma proporción. Una de las razones es el aumento de los bisontes, que no son presas habituales de los depredadores por su tamaño y peligrosidad, pero siguen consumiendo sauces y álamos jóvenes.
Al mismo tiempo, los castores no han regresado de forma masiva a muchos de esos arroyos. Sin ese “ingeniero del ecosistema”, faltan los pequeños embalses que mantienen el suelo húmedo y permiten que los brotes de sauce pasen de matorral a arbolito. El resultado es un mosaico complejo. Hay sitios donde la vegetación ribereña mejora y otros donde el paisaje sigue dominado por pastizales y matas bajas.
El mensaje de Hobbs es prudente. El investigador recuerda que “el ecosistema no ha respondido de forma espectacular a la restauración de la red trófica” y que los cambios pueden tardar muchas décadas en consolidarse. El estudio no niega que existan cascadas tróficas, sino que advierte de que sus efectos no siempre bastan para revertir daños profundos en los sistemas acuáticos.
¿Entonces los lobos no sirven para nada?
Aquí viene el matiz importante. Los autores insisten en que los grandes carnívoros siguen siendo piezas clave del ecosistema. Reducen poblaciones de herbívoros, aportan carroña a otras especies y ayudan a mantener procesos que, a largo plazo, hacen los sistemas más sanos. Simplemente no son una solución rápida ni mágica. Como resume Hobbs, la lección de conservación es clara. “Es mejor no perder a los depredadores en primer lugar, porque no hay arreglos inmediatos cuando desaparecen.”
Para los gestores que hoy debaten sobre reintroducciones en otros lugares, incluida Europa, el caso de Yellowstone es una llamada a la cautela. Restaurar depredadores puede ser necesario, pero a menudo habrá que acompañarlo de otras medidas. Desde recuperar humedales y favorecer el regreso de castores hasta ajustar las densidades de herbívoros. Pensar que basta con soltar lobos y esperar a que “cambien los ríos” se parece más a un eslogan que a lo que muestran los datos.
El estudio completo en el que se basa esta investigación ha sido publicado en la revista Ecological Monographs.
















