¿Alguna vez has sentido que cada ola de calor te deja más agotado que la anterior y que te cuesta más recuperarte, sobre todo si ya has cumplido los 60? Un nuevo trabajo científico apunta a que esa sensación no es solo cuestión de cansancio. El calor que hace en el barrio donde vives podría estar acelerando el reloj biológico de tu cuerpo.
Un equipo de la Universidad del Sur de California ha analizado a casi tres mil setecientas personas mayores de Estados Unidos y ha observado que quienes viven en zonas con muchos días de calor intenso presentan un envejecimiento biológico más rápido que quienes residen en áreas más frescas. En algunos casos, esta diferencia llega hasta catorce meses extra de edad biológica en comparación con personas de la misma edad en lugares más templados.
En la práctica, significa que dos personas con la misma edad en el DNI pueden tener un cuerpo que envejece a ritmos distintos, solo por el ambiente térmico en el que viven. Y eso, con un planeta que se calienta y veranos cada vez más largos, no es un detalle menor.
Qué han medido exactamente las científicas
El estudio se ha centrado en personas de 56 años o más, participantes en una gran encuesta nacional sobre salud y jubilación. A cada una se le tomó una muestra de sangre y se analizó su ADN para calcular su edad epigenética. Este concepto puede sonar técnico, pero tiene una idea sencilla. No se trata de contar años, sino de ver cómo de “gastadas” están las células por dentro.
Para ello se utilizan relojes epigenéticos, que leen pequeñas marcas químicas sobre el ADN llamadas metilaciones. Estas marcas cambian con el tiempo y con lo que nos rodea, desde la contaminación hasta el tabaco, pasando por el estrés o, en este caso, el calor ambiental.
Las autoras cruzaron esos datos biológicos con la historia de calor del lugar donde vivía cada persona, utilizando el índice de calor, una medida que combina temperatura y humedad. No miraron solo un día suelto, sino ventanas de tiempo que iban desde la semana anterior a la extracción de sangre hasta los seis años previos. Además, tuvieron en cuenta otros factores como ingresos, nivel educativo, tabaquismo, consumo de alcohol, obesidad, actividad física o contaminación del aire.
El peso del calor en el reloj interno
Los resultados apuntan a que más días de calor se traducen, en gran medida, en más años añadidos al reloj biológico. El efecto es especialmente claro cuando el calor se mantiene en el tiempo.
En zonas con muchos días al año por encima de los niveles que el servicio meteorológico considera de precaución o extrema precaución, la edad epigenética se adelanta varios meses e incluso años. En uno de los relojes analizados, vivir durante años en vecindarios con calor frecuente se asocia con más de dos años extra de envejecimiento biológico. Según destaca la autora principal, Eun Young Choi, estos efectos son comparables a otros grandes factores de riesgo ambientales y de estilo de vida.
Dicho de forma sencilla, las olas de calor no solo nos dejan sin dormir y suben la factura de la luz. También parecen dejar cicatrices invisibles en nuestras células que se acumulan con los años. Choi habla de un “peaje silencioso” del calor sobre el organismo, un peaje que no vemos en el día a día pero que puede abrir la puerta a más enfermedades relacionadas con la edad en el futuro.
No es solo biología, también es desigualdad
El trabajo muestra además que no todas las personas mayores están expuestas al mismo calor. En Estados Unidos, quienes viven en barrios con más vulnerabilidad social, menor riqueza o menos zonas verdes acumulan más días de calor ambiental. Personas negras e hispanas, y quienes tienen menos estudios, se concentran con más frecuencia en esos vecindarios más calurosos.
Los análisis del equipo no encuentran una diferencia clara en cómo responde biológicamente cada grupo una vez que están expuestos, pero sí dejan algo evidente. No todo el mundo juega con las mismas cartas. Hay mayores que pasan muchos más días del año rodeados de calor porque su barrio tiene menos sombra, más asfalto y menos recursos para adaptarse.
Qué significa esto para nuestras ciudades
El estudio no prueba de forma absoluta que el calor sea la causa directa de cada cambio observado, y las autoras insisten en que se trata de un trabajo observacional. Aun así, encaja con investigaciones previas en Alemania y Taiwán, que también han visto una relación entre temperaturas más altas y relojes epigenéticos acelerados.
En el fondo, el mensaje práctico va más allá de los laboratorios. Si el calor sostenido puede acelerar el envejecimiento biológico, proteger a las personas mayores ya no es solo una cuestión de confort. Es prevención de enfermedades a largo plazo.
Las medidas no tienen por qué ser complicadas. Más árboles y zonas de sombra en calles y plazas, marquesinas de autobús que realmente protejan del sol, pavimentos que no conviertan el barrio en una sartén, centros de refugio climático donde pasar las horas punta de calor, programas vecinales para comprobar cómo están las personas mayores que viven solas. Como recuerda Choi, “estas intervenciones sencillas pueden ser realmente salvavidas”.
Con el cambio climático empujando las temperaturas al alza, las olas de calor dejarán de ser algo excepcional para convertirse en el telón de fondo del verano, también en ciudades españolas. El reto es claro. No se trata solo de aguantar un verano más, sino de que ese calor no nos robe años de salud por el camino.
El estudio completo ha sido publicado en Science Advances.



















