El consumo de ultraprocesados ya se nota en la sangre de los niños españoles antes de que cumplan los 7 años. Un estudio con 1.148 niños y niñas de entre 3 y 6 años ha encontrado 19 metabolitos ligados a estos productos. Y no van sueltos, sino agrupados en dos perfiles metabólicos muy distintos.
Uno de esos perfiles, el de las grasas, va unido a más riesgo cardiovascular. El otro, curiosamente, apunta en la dirección contraria aunque también crece con los ultraprocesados. Los autores insisten en que aún no hablamos de enfermedad, sino de señales tempranas.
Siete ciudades y una analítica
Los niños forman parte de la cohorte CORALS, que sigue durante diez años a familias de siete ciudades españolas. Son Barcelona, Córdoba, Pamplona, Reus, Santiago de Compostela, Valencia y Zaragoza. Entraron en el estudio entre 2019 y 2022, a través de colegios y centros de salud.
Tenían de media 5 años y algo más de la mitad eran niñas. Para saber qué comían, dietistas formados pasaron a las familias un cuestionario de 125 alimentos. Después, cada producto se clasificó con el sistema NOVA, que separa lo fresco de lo industrial.
Además, a cada niño se le sacó sangre en ayunas. Con resonancia magnética nuclear, el equipo midió 249 metabolitos, pequeñas moléculas que el cuerpo usa para transformar la comida y sacar energía. Viene a ser una foto del metabolismo en un momento concreto.
El perfil de las grasas
De esas 249 moléculas, 19 se asociaron con la cantidad de ultraprocesados que tomaba cada niño. El primer grupo, dominado por grasas, iba de la mano de más triglicéridos, más insulina y más glucosa en ayunas. También de menos colesterol HDL, el que solemos llamar «bueno».
Ese perfil se relacionó, además, con una puntuación más alta de riesgo cardiovascular. La nota suma grasa corporal, colesterol, triglicéridos, tensión arterial y resistencia a la insulina. Con 4 o 5 años, nadie espera ver algo así en una analítica.
Conviene recordar de qué productos hablamos. Los ultraprocesados se fabrican en la industria a partir de sustancias sacadas de alimentos y de aditivos, con muy poca comida fresca. Muchos llevan bastante azúcar refinado y grasas poco sanas, y a veces menos proteína de calidad.
Un segundo perfil al revés
El segundo perfil, centrado en los aminoácidos, se comportaba casi como un espejo del primero. Iba con menos grasa corporal, menos triglicéridos y menos insulina, y con más colesterol HDL. Pero, según el artículo científico, los dos perfiles aumentan a la vez que el consumo de estos productos.
¿Tienen entonces los ultraprocesados una cara buena? Los investigadores piden no leerlo así. Creen que ese patrón podría reflejar ajustes del propio cuerpo para compensar a edades tan tempranas, algo que habrá que estudiar mejor.
Lo que sí parece sólido es el contraste entre los dos perfiles. El equipo repitió los cálculos con otras formas de medir el riesgo cardiovascular infantil, usadas en grandes estudios europeos, y la dirección de los resultados se mantuvo. Tampoco cambió al separar a niños y niñas.
Un 9,2 % más de precisión
El equipo quiso ver si estos perfiles decían algo más que el peso, la tensión o el colesterol. Con los dos juntos, el modelo mejoró un 9,2 % su capacidad para detectar a los niños con peor perfil cardiovascular. No es poca cosa.
«Lo relevante es que podemos detectar diferencias en el metabolismo asociadas a la alimentación cuando los niños y niñas solo tienen entre tres y seis años», explica Nancy Babio, investigadora principal de CORALS. Para ella son «señales metabólicas tempranas», no enfermedad.
Entre 196 y 606 gramos diarios
Las cantidades que comen estos niños tampoco son pequeñas, ni mucho menos. El cuarto de niños que menos ultraprocesados tomaba rondaba los 196 gramos al día, y el que más, unos 606. Encaja con el consumo de ultraprocesados en España, que ya roza el 32 % de la energía de la dieta.
El investigador Jordi Salas-Salvadó, del Departamento de Bioquímica y Biotecnología, lo lleva a la cocina de casa. «Favorecer el consumo de alimentos frescos o mínimamente procesados puede contribuir a una alimentación más saludable», señala.
Una foto fija, no una película
El primer autor del trabajo, el investigador predoctoral Josué Pérez Acosta, avisa de que estos datos no permiten culpar directamente a los ultraprocesados. Todo se midió en un único momento, así que hay relación, pero no se demuestra la causa. Por eso el seguimiento de CORALS en los próximos años será clave.
El artículo reconoce otros puntos débiles, como los fallos de cualquier cuestionario de comida. Aun así, «la infancia es una etapa clave para establecer hábitos alimentarios», recuerda Salas-Salvadó. Va en la línea de las normas que ya sacan los ultraprocesados de los desayunos escolares y de los menús infantiles.
El estudio, apoyado por el CIBEROBN y el Instituto de Salud Carlos III, ha sido publicado en la revista eBioMedicine y la universidad lo explica en su nota de prensa oficial.
Foto: Universitat Rovira i Virgili













