¿Te han felicitado alguna vez por mantenerte tranquilo cuando todo se desmorona y por dentro sentías un nudo en el estómago? Esa distancia entre lo que muestras y lo que vives no es casual. La psicología apunta que esa calma perfecta puede estar ligada a un estilo de apego evitativo y a años de entrenarse para apagar las emociones.
En muchos trabajos esa imagen se premia. Orla, profesional de comunicación de crisis en Dublín, fue descrita por sus jefes como “inquebrantable” durante una semana especialmente dura, pero al terminar solo sentía vacío y agotamiento, muy lejos de los elogios que recibía.
Según la investigación sobre apego evitativo, en buena parte desarrollada por Jeffry Simpson y W Steven Rholes, hay personas que han aprendido que mostrar necesidad o vulnerabilidad no es seguro. Su sistema de apego se “desactiva” y usan estrategias de distancia para protegerse, incluso cuando por dentro hay miedo o tristeza. En la práctica suelen ser quienes mantienen la cabeza fría y a quienes todo el mundo recurre cuando hay problemas.
Estudios sobre supresión emocional muestran que quienes esconden de forma habitual lo que sienten terminan con menos apoyo social, menos sensación de cercanía y menor satisfacción con sus relaciones y con su vida en general. Funcionan, sí, pero se sienten cada vez más solos. Es lo que algunos especialistas llaman una “trampa de la utilidad emocional”, en la que se valora que seas el fuerte, pero casi nadie ve lo que te pasa por dentro.
¿Significa esto que si eres calmado en una crisis tienes un problema? No siempre. La capacidad de parar, respirar y decidir con claridad ayuda en muchas emergencias de la vida diaria. La diferencia está en si después eres capaz de reconocer cómo te afectó lo vivido, hablarlo con alguien de confianza y permitirte descansar o pedir apoyo.
Si notas que casi siempre estás en piloto automático, que te cuesta saber qué sientes o que los demás te ven disponible mientras tú te notas lejos, quizá sea momento de parar y mirarte con algo más de paciencia. La psicología no propone dejar de ser sereno, sino que esa serenidad no sea una coraza. A veces basta con gestos pequeños, como decir “ahora mismo estoy al límite” cuando te cargan con otra tarea o permitirte llorar en lugar de tragarte el nudo.
Quienes se reconocen mucho en este patrón pueden beneficiarse de hablar con un profesional de la salud mental. No para perder su calma, sino para convertirla en un recurso más flexible que también incluya vulnerabilidad. Al final no se trata solo de sostener a los demás, sino de preguntarse con honestidad quién te sostiene a ti.
El estudio completo en inglés sobre la relación entre supresión emocional habitual, satisfacción con las relaciones y bienestar se ha publicado en Yonsei University.












