La montaña de ropa que ya no queremos en el Norte global no desaparece cuando la dejamos en un contenedor. Una nueva investigación de Unearthed y Greenpeace Africa muestra que miles de toneladas de prendas desechadas en el Reino Unido acaban como basura en el Delta del Densu, un humedal ghanés protegido a nivel internacional y hogar de tortugas marinas y decenas de especies de aves.
Allí, en las afueras de Acra, se han identificado grandes vertederos informales dentro y alrededor del Delta del Densu donde se acumulan prendas de marcas como Marks & Spencer, George at Asda, Next, Zara, H&M y Primark. Camisetas, vaqueros y bolsas de tienda aparecen mezclados con el lodo, entre manglares y canales de agua que deberían estar limpios.
Ghana, convertida en “cementerio de la moda rápida”
Cada semana llegan a Ghana unos 15 millones de prendas de segunda mano procedentes sobre todo de Europa y otros países ricos. Solo en 2024 el Reino Unido exportó alrededor de 57 000 toneladas de ropa usada al país, más que a ningún otro destino salvo Emiratos Árabes Unidos, que actúa como nodo de reexportación. Las autoridades locales calculan que cerca del 40 % de cada fardo es invendible porque llega roto, manchado o con tejidos que no encajan con el clima.
Ese excedente acaba donde nadie lo ve. Primero desbordó el vertedero de Kpone Landfill, construido en 2013 con apoyo del Banco Mundial y pensado para durar hasta diez años. En solo cinco ya estaba saturado. En 2019, los gases atrapados bajo capas de textiles prendieron fuego y el incendio se prolongó unos ocho meses, cubriendo de humo tóxico a las comunidades cercanas.
Con el vertedero colapsado, la basura textil ha ido empujando el problema hacia zonas cada vez más frágiles. La investigación documenta dos vertederos textiles dentro del Sitio Ramsar del Delta del Densu y un tercero en la parte alta del río, que va arrastrando prendas y plásticos hacia el humedal. En total, los basureros textiles verificados cubren unas 40 hectáreas, algo parecido a 50 campos de fútbol.
Un humedal clave convertido en vertedero
El delta del río Densu es un mosaico de manglares, marismas y salinas en el que anidan aves migratorias y que sirve de playa de puesta para tortugas laúd, verdes y oliváceas, todas vulnerables o en peligro. La zona está reconocida como Sitio Ramsar, es decir, humedal de importancia internacional al amparo de la Convención de Ramsar.
Sin embargo, sobre ese ecosistema han crecido auténticas colinas de ropa. Los nuevos vertederos no tienen suelo impermeabilizado ni sistemas para recoger lixiviados o gases. Son montones de residuos sobre tierra desnuda, junto a lagunas y arroyos. Un responsable de humedales de la Comisión Forestal de Ghana resumía la situación así (traducido) “tirar basura en cualquier parte del humedal va contra los mejores protocolos internacionales de conservación”.
Los pescadores de las comunidades vecinas explican que cada vez sacan menos pescado y más ropa. Relatan que pasan buena parte de la jornada desenredando camisetas y pantalones de sus redes. Otros vecinos cuentan que el agua del río ha cambiado de color y olor y que ya no se atreven a usarla para beber ni cocinar.
Además, los cauces taponados por textiles y plásticos aumentan el riesgo de inundaciones cuando llegan las lluvias intensas. El humedal, que debería actuar como una esponja natural, se comporta más bien como una bañera llena de basura que rebosa con facilidad.
Ropa sintética, microplásticos y “químicos eternos”
Las pruebas realizadas por Greenpeace África indican que cerca del 90 % de las prendas analizadas en los vertederos de Acra son de fibras sintéticas como poliéster o nailon. Estos materiales proceden del petróleo y pueden tardar siglos en degradarse. Mientras tanto se fragmentan en microplásticos que pasan al agua, a los suelos y finalmente a la cadena alimentaria.
A esto se suma la presencia de sustancias como los PFAS, conocidos como “químicos eternos”, utilizados en algunos tejidos para repeler el agua o las manchas. Son compuestos muy persistentes que se acumulan en el organismo y que se han relacionado con problemas hormonales, daños hepáticos, alteraciones del sistema inmunitario y mayor riesgo de ciertos cánceres, según agencias de salud y estudios recientes.
Cuando la ropa se quema a cielo abierto para “hacer hueco”, la mezcla de plásticos y químicos libera humos y partículas tóxicas que respiran a diario los barrios colindantes. Lo que empezó como una solución barata para gestionar donaciones y excedentes se convierte así en un problema de salud pública a medio y largo plazo.
¿Qué significa esto para quien dona su ropa en Europa?
La investigación recuerda que muchas prendas que dejamos en contenedores de recogida no se convierten en nuevas vidas en tiendas de segunda mano. Una parte sí, pero otra se exporta a mercados saturados donde la capacidad de absorber más ropa ya ha sido superada. En el caso de Ghana, comerciantes y autoridades reclaman que los grandes fabricantes de moda asuman su responsabilidad y se implanten sistemas de responsabilidad ampliada del productor que financien la gestión del residuo desde el origen hasta el final de su vida útil.
Sobre la mesa están medidas que van desde limitar las exportaciones de residuos textiles hasta impulsar de verdad el reciclaje textil avanzado y el diseño de prendas más duraderas y reparables. A cambio, los países importadores piden apoyo para desarrollar industrias locales que no dependan del aluvión de ropa barata del Norte.
Para el consumidor europeo, el mensaje es incómodo pero claro. Cada compra impulsiva y cada bolsa de ropa desechada tiene muchas posibilidades de acabar en lugares como el Delta del Densu, afectando a comunidades que nunca se beneficiaron de esa moda rápida.
La investigación completa ha sido publicada en el portal de periodismo de investigación de Greenpeace, Unearthed.
Foto: Greenpeace/Unearthed





















