En Australia, la misma lana de oveja que hace unos años se apilaba como un residuo caro de gestionar se está convirtiendo en una herramienta inesperada para salvar tierras agrícolas que parecían perdidas. Ensayos en campos degradados muestran que cubrir el suelo con residuos de lana orgánica puede reducir la evaporación de agua hasta un 35%, aumentar la actividad de los microorganismos entre un 30 y un 50% y elevar las cosechas en torno a un 12 a un 18% cuando se aplica de forma adecuada. No es solo un truco de laboratorio, afecta directamente a la forma en que un agricultor ve la próxima campaña.
El contexto ayuda a entender por qué esta idea ha cobrado tanta fuerza. Australia dedica unos 427 millones de hectáreas a la agricultura, más de la mitad de la superficie del país, y buena parte de esa tierra arrastra décadas de cultivo intensivo, pérdida de carbono y erosión creciente. En regiones como Nueva Gales del Sur, los suelos han perdido más de un 3% de carbono orgánico en apenas catorce años y se comportan menos como una esponja y más como polvo suelto que el viento se lleva en cada tormenta. Cuando la lluvia cae a trompicones y el suelo ya no retiene agua, cada milímetro que se pierde por evaporación cuenta.
En paralelo, el país arrastra otra paradoja. La histórica industria lanera atraviesa una caída prolongada de precios y demanda, lo que ha dejado montones de lana cruda que no compensa procesar para ropa. Se calcula que en torno a 200 000 toneladas de lana de desecho se acumulan cada año en las granjas australianas, un material que puede tardar varios años en descomponerse si se deja al aire libre y que hasta hace poco era más un problema que una oportunidad.
La clave está en cómo funciona cada fibra. La lana es una fibra de queratina con una estructura escamosa capaz de absorber en torno a un 30 a un 35% de su propio peso en humedad y, al mismo tiempo, crear pequeños huecos de aire entre filamentos. Dicho de forma sencilla, actúa como una esponja muy fina que retiene agua y aire. En suelos castigados, compactados y pobres en materia orgánica, esa combinación es justo lo que falta, porque normalmente se pierde agua rápido y la falta de oxígeno frena la vida microbiana.
Los primeros ensayos en Nueva Gales del Sur consistieron en extender una capa de pocos centímetros de lana sobre suelos muy degradados. Los sensores mostraron que la evaporación superficial se reducía hasta un 35% y que la humedad se mantenía estable durante casi el doble de tiempo que con un acolchado orgánico convencional. En cuestión de meses, la densidad de microorganismos del suelo, muy mermada tras años de laboreo intensivo, aumentó entre un 30 y un 50%. Para quien depende de una o dos lluvias contadas a lo largo de la estación, que el suelo aguante húmedo unos días más no es un detalle menor.
En Queensland, la técnica se probó en parcelas que los agricultores habían abandonado porque el suelo ya no retenía ni una gota. Tras una sola estación seca con aplicaciones experimentales de lana, los técnicos describen un cambio visible, con más humedad en el perfil, menos polvo arrastrado por el viento y una estructura del suelo que empieza a desmenuzarse entre los dedos en lugar de romperse como un ladrillo. En las zonas donde se incorporó lana compostada, las cosechas llegaron a crecer entre un 12 y un 18% sin añadir fertilizante químico adicional, gracias a una mezcla de más agua disponible y un aporte lento de nitrógeno, azufre y carbono orgánico procedentes de la propia fibra.
Eso sí, los propios investigadores advierten de que no basta con tirar la lana en el campo y ya está. Si se aplica en mantos gruesos y sin procesar, puede apelmazarse, formar una esterilla casi impermeable y dificultar la infiltración de agua. Para evitarlo, han desarrollado dos formatos distintos que persiguen objetivos complementarios. Los gránulos de lana son residuos molidos y compactados en pequeñas partículas que se mezclan con el suelo y actúan como pequeñas baterías de agua, capaces de alargar el tiempo de retención de humedad entre un 25 y un 40% en las pruebas iniciales. El compuesto de lana, en cambio, se produce junto a otros residuos orgánicos y funciona más como fertilizante de liberación lenta, con un efecto acumulativo sobre la biología del suelo y la materia orgánica.
El giro económico también es llamativo. A medida que la lana residual pasa de residuo a insumo agrícola, han surgido decenas de pequeñas empresas en zonas rurales dedicadas a triturarla, pelletizarla y elaborar compost específicos para suelos degradados. En el estado de Victoria se contabilizan ya más de cuarenta iniciativas de este tipo y se estima que han generado unos 2500 empleos en el medio rural, mientras que de cada tonelada de lana sobrante se obtienen cerca de 900 kilos de gránulos con un valor de mercado varias veces superior al de la lana cruda sin procesar. La economía circular, en este caso, se ve en la nómina y en el campo.
La idea no nace en el vacío. Diversos trabajos científicos han probado residuos de lana en condiciones controladas y han comprobado que, bien dosificados, retienen la humedad del suelo de forma comparable a algunos fertilizantes comerciales y pueden impulsar notablemente el crecimiento de las plantas. Un estudio reciente sobre polvos y gránulos de lana observó que los suelos con lana se mantenían húmedos varios días más que el suelo desnudo y que la altura de las plantas podía aumentar más de un cien por cien en cuarenta días frente al control cuando se utilizaban cantidades moderadas de lana. En paralelo, reportajes desde Estados Unidos describen granjas que ya emplean pellets de lana para ahorrar agua y reducir el uso de fertilizantes sintéticos en cultivos hortícolas.
¿Significa todo esto que la lana va a resolver por sí sola la degradación de suelos en Australia o en otros países secos como España? No exactamente. Los expertos insisten en que se trata de una herramienta más dentro de estrategias de manejo que incluyen rotaciones, reducción de laboreo y recuperación de la cobertura vegetal. Pero el caso australiano ofrece algo que a menudo falta en la restauración de tierras degradadas, una referencia medible que combina agua, vida del suelo y rendimiento agrícola con cifras concretas y replicables.
Uno de los estudios científicos que respaldan el uso de residuos de lana como enmienda para mejorar la retención de humedad y el crecimiento de las plantas se ha publicado en la revista Sustainability de MDPI.




















