Asturias descubre los primeros rastros de lagartos jurásicos de Europa, un hallazgo excepcional que rompe décadas de vacío en el registro fósil posterior al Triásico y coloca al Principado en el epicentro de la paleontología europea.
Las huellas, conservadas durante 152 millones de años en los acantilados de Villaviciosa, no solo confirman la presencia de estos reptiles en el Jurásico Superior. Representan, además, la última aparición conocida del icnogénero Rhynchosauriodes en el registro fósil mundial.
Hasta ahora, el registro fósil europeo del Jurásico apenas había proporcionado evidencias claras de pequeños reptiles como los lagartos, debido a la fragilidad de sus huesos y a la dificultad de conservación en el proceso de fosilización.
Sin embargo, los investigadores han identificado diminutas huellas y restos óseos que presentan características anatómicas propias de escamosos primitivos, el grupo que incluye a lagartos y serpientes actuales.
Asturias descubre los primeros rastros de lagartos jurásicos de Europa y cambia el mapa paleontológico
Un descubrimiento único en Villaviciosa documenta la última aparición global de un icnogénero casi desaparecido y sitúa al litoral asturiano en el mapa científico internacional.
Hay descubrimientos que suman datos. Y hay otros que obligan a reescribir capítulos enteros. Lo que acaba de documentar el equipo científico del Museo del Jurásico de Asturias (MUJA) pertenece a la segunda categoría.
En los acantilados situados al este de la playa de España, en Villaviciosa, han emergido dos rastros fósiles —identificados como T1 y T2— que constituyen los primeros registros europeos de lagartos del Jurásico. Una ausencia que intrigaba a la comunidad científica desde hace décadas.
Huellas de 152 millones de años preservadas en arenisca jurásica
Hasta ahora, el registro fósil europeo del Jurásico apenas había proporcionado evidencias claras de pequeños reptiles como los lagartos, debido a la fragilidad de sus huesos y a la dificultad de conservación en el proceso de fosilización.
La investigación, publicada en la revista Ichnos (Grupo Taylor & Francis), está firmada por Laura Piñuela, Ángel García-Pérez y José Carlos García-Ramos (MUJA), junto al investigador Lida Xing, de la Universidad de Geociencias de China. El hallazgo no es menor: los restos datan del Jurásico Superior, hace aproximadamente 152 millones de años.
Las huellas se conservan como relieves abultados —contramoldes— en la base de un estrato de arenisca. En ambos rastros, las icnitas de manos y pies varían entre tetradáctilas y pentadáctilas, presentan asimetría y muestran un aumento progresivo en la longitud de los dedos. Rasgos morfológicos que permiten atribuirlas con seguridad a un lagarto.
La clasificación apunta al icnogénero Rhynchosauriodes, ampliamente distribuido en el Pérmico y Triásico, pero extremadamente raro en el Jurásico. De hecho, los ejemplares asturianos representan su última aparición en el registro fósil global conocido hasta ahora.
El rastro T1 está compuesto por siete huellas —cuatro de manos y tres de pies— y corresponde a un lagarto de unos 50 centímetros de longitud. El T2, con seis icnitas, pertenece a un ejemplar más pequeño, de aproximadamente 30 centímetros.
La marca de la cola que revela un movimiento inesperado
Pero el detalle más revelador no está en el tamaño. En T1 aparece una estructura continua, ancha y recta, con escaso relieve: la marca inequívoca de la cola. Además, la distancia irregular entre manos y pies sugiere un desplazamiento poco convencional.
Para comprender esta anomalía, los investigadores realizaron experimentos no invasivos con dos especies actuales —lagarto ocelado y lagarto barbudo— en un centro especializado en Jiangyin, provincia de Jiangsu (China). El comportamiento observado fue esclarecedor: al pasar de inmóviles a iniciar la marcha, especialmente los juveniles, ejecutaban giros bruscos que generaban rastros casi idénticos al fósil asturiano.
La escena original se produjo en un entorno deltaico de fango semiconsolidado, en un mar interior sin mareas y protegido del oleaje por una barrera natural. Ese equilibrio geológico permitió que el rastro quedara sellado y sobreviviera más de 150 millones de años.
Hoy, esos vestigios forman parte de la colección del MUJA y se exhiben en la sala dedicada al Jurásico Asturiano. No son simples marcas en piedra. Son la última firma conocida de un linaje que parecía haber desaparecido mucho antes de lo que ahora sabemos.
Asturias vuelve a hablar en clave jurásica. Y el mundo científico escucha.
Los científicos destacan que este descubrimiento abre la puerta a futuras investigaciones y excavaciones en la zona. Cada nuevo fósil hallado contribuye a completar el complejo puzle de la vida en el Jurásico y a comprender mejor cómo evolucionaron los antepasados de los reptiles que hoy forman parte de la biodiversidad del planeta. Seguir leyendo en NATURALEZA.



















