Abejas versus Pesticidas: una batalla perdida para los insectos

  • “Con absoluto desprecio por la salud ambiental y ciudadana, la industria de los agro negocios declaró la guerra a la ciencia y se dio el lujo de pasar por alto, la enorme mayoría de las leyes ambientales de todo el mundo; mientras los gobernantes le hacen el juego, permitiendo la aplicación indiscriminada de sus productos. Y el futuro de las abejas cada vez es más negro.”

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Fraudes legendarios

Los fraudes de esta industria están bien documentados. El primero que se descubrió, fue el del Laboratorio Industrial Biotest (IBT), de Chicago, EEUU. En 1976, se demostró que las empresas le pagaban, para que declarase sus productos inocuos y les permitiera obtener licencias de la EPA.

Tras descubrirse el “engaño”, el lobby de empresas entró en pánico y ejerció la presión adecuada, para que todo se silenciara. Siete años después se cerró el caso IBT, con el resultado de que ninguna de las licencias obtenidas se canceló, nadie de IBT fue a prisión y comenzó la gran carrera del glifosato (que muchos científicos sostienen que fue aprobado por IBT).

 

Tanto la EPA (Agencia de Medio Ambiente) de los EEUU, como los organismos decisorios de la UE siguen dándole carta blanca a los pesticidas (y a las empresas que los fabrican), a costa de lo que sea, puesto que los intereses económicos priman ante la salud de animales, plantas y seres humanos y sobre el equilibrio ecológico.

El Glifosato la ‘pesadilla’ del Medio Ambiente acaba de ser revindicado como “seguro”, en la UE y se permitirá su fumigación en campos y jardines, por otros cinco años. Todos los informes que demuestran su alto índice de toxicidad y hasta la posibilidad de que sea cancerígeno, fueron ignorados.

 

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¿Qué pasa con las abejas?

En 1976, un grupo de ecologistas de EEUU decidió hacer un monitoreo, sobre los pesticidas más comunes y estudiar qué impacto tenían sobre las abejas. Los resultados fueron alarmantes, dado que los neurotóxicos afectaban a las abejas melíferas, al punto de resultar letales. Este fue el primer informe, que por simple afán de lucro se ignoró, pero no será el último.

Según Don Huber, profesor emérito de microbiología de la Universidad de Purdue y experto en guerra química y biológica, el glifosato entorpece el proceso de absorción de los micronutrientes en los cultivos y actúa como antibiótico, acabando con los lactobacillus y bifidobacterium.

 

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Cuando las abejas recolectan el néctar y el polen, la ausencia de estas bacterias tan necesarias como beneficiosas, repercuten en su salud y las hacen incapaces de digerir su propia miel. Además, pierden su inmunidad natural a los virus y a las plagas, como los ácaros.

Los neonicotinoides, otro de los pesticidas que se emplean comúnmente, actúan directamente sobre el sistema nervioso de las abejas. No solo provocan desorientación, sino que, Huber explica, que son capaces de morir de hambre dentro de una colmena bien provista, ante su incapacidad de distinguir y elegir su alimento.

 

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La abeja común Apis Mellifera sufre una enfermedad similar al Alzhéimer, por culpa de estos herbicidas, que actúan destruyendo su memoria e impidiéndole regresar a su colmena. Este efecto también se ha observado en las mariposas monarca (Danaus plexippus), que pierden el rumbo y mueren sin completar la migración, que le exigen sus ciclos vitales.

Einstein sostenía que, si las abejas desaparecieran, el ser humano sería el siguiente en extinguirse, puesto que son los mayores y más efectivos polinizadores de la naturaleza. El único camino posible para salvarlas (y salvarnos) es la prohibición absoluta de todos los pesticidas que las afectan. No hay otra alternativa.

 

REDACCION/ECOTICIAS.COM

Comentario/s

  • CarlosE - martes 12 diciembre 2017

    La gran industria ailmentaria, voraz depredadora (Nestlé, Unilever, etc.), no solamente quiere seguir produciendo alimento barato gracias a la deslocalización y el uso abusivo de fertilizantes, herbicidas e insecticidas, sino que pretende además obligarnos a comprarlos. La fórmula para forzar al consumidor a comer basura es sencilla: mantener los sueldos bajos, tan bajos que sea imposible para la mayor parte de las personas el acceso al producto ecológico, de calidad y respetuoso con el planeta.

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